lunes 21 de septiembre de 2009

Dj Silverio: “el macho”


Fuera del escenario le dicen Julián, un tipo decente, bien vestido y sin sudor en la cara. Adentro, en escena, lo llaman Silverio, un entero patán al que le gusta bailar en calzoncillos, muestra de lo que es un hombre “macho”, mero “macho” de esos mexicanos (que también podrían ser colombianos) que ven en los golpes, la vulgaridad y las bestialidad el mejor modelo de vida a seguir.

Dj Silverio, conocido como “el hombre de las cavernas nasales” le hace una crítica social a una sociedad donde el más “macho” es el más hombre. Con un buen ejemplo de lo que es el Sampler les dejo este videíto a todas aquellas cercanas que dicen que en nuestra sociedad subdesarrollada no son necesarios los movimientos feministas, he aquí su machito cabrón y en calzones.

Dj Silverio en Medellín

domingo 30 de agosto de 2009

Garganta con arena


A mi padre quien además de enseñarme a amar el tango, me mostró un mundo donde la melancolía y la felicidad son dos realidades posibles.

“Porque ese cielo azul que todos vemos, ni es cielo, ni es azul. Lástima grande que no sea verdad tanta belleza”.
Maquillaje.

De mi padre heredé el gusto por el tango, y de él también he aprendido que lo mejor de este melodioso cantar es que “en cada tango se suicida un argentino”. Simpática y peligrosa esta frase es certera, no conozco un tango feliz.

Para cortarme las venas aprendí a escuchar tango. Nada mejor cuando se está triste que un recuerdo de arrabal, que una palabra entonada con desprecio y la respuesta de un corazón que se derrama.

Tener un papá viejo es toda una aventura, pero, probablemente y de eso espero no arrepentirme, una de las mejores cosas que puede heredar un padre – abuelo, es la melancolía. Mi padre tiene 82 años, 36 menos que mi madre y esta inexplicable diferencia de edad ha desembocado en actos de amor, tan felices y tan tristes, que solo pueden ser explicados en un vals que se ahoga en el fondo de una copa de aguardiente.

El viejo se llama Julio Ernesto y desde que lo conozco siempre ha tenido algo que ver con algún bar de Medellín. Ha sido propietario y fundador de varias cantinas las cuales ha vendido o ha abandonado en el camino. Aunque ya no se dedica al negocio de los bares son muchos los recuerdos que jamás podremos borrar de su vida bohemia, algunos los conozco, otros no.

Personalmente, nunca he de olvidar que a la corta edad de cinco años conocí los primeros reservados de un bar. Aunque nunca volví a ver un reservado, esas dos sillitas tapadas con una cortina de terciopelo rojo, cómplices de los amantes, fueron en varias noches mi refugio, el lugar en el que me quedaba dormida esperando a que mi papá cerrara alguna cantina y a que mi mamá me llevara delirando hasta un carro.

Tampoco he de olvidar que en uno de esos bares mi papá aprendió que con unas cuantas copas en la cabeza cualquier cachivache puede verse convertido en un personaje interesante, verosímil y encantador. El amor a estos embellecedores le provocó tres trombosis cerebrales, cuyas consecuencias carga su cuerpo de la misma forma que su mente alberga los recuerdos de los yurnos del ayer.

Mi padre es el hombre al que más he amado en la vida y como en un tango que se baila entre la crueldad y la realidad, empieza a irse. En menos de un mes dejé de ver a mi papá y he pasado a tener un bebé en la casa. Una fibrosis pulmonar (la misma enfermedad de la que murió Marlon Brando) lo tiene reducido en una cama, consumiendo 10 litros de oxígeno al día, en algunos momentos consciente, en otros perdido en la plenitud del instante que lo lleva hasta su muerte.

Y la música vuelve a hacer parte de su vida, de la mía y nuestros sentimientos se encierran en las letras de Homero Expósito cuando en el tango Pedacito de cielo dice:

“Los años de la infancia pasaron, pasaron. La reja está dormida de tanto silencio. Y en aquel pedacito de cielo, se quedó tu alegría y mi amor. Los años han pasado, terribles, malvados, dejando una esperanza que no ha de llegar. Y recuerdo tu gesto travieso, después de aquel beso robado al azar”.

De cuenta del tango supe que a mi padre lo apodaban “Rodolfo Valentino”. Él fue, sencillamente, un hombre hermoso en su juventud, podría decirse con amor, deleite y un pellizco que me hace volver a la realidad que fue un tipo sin igual. A él no le gustaba que lo apodaran Valentino porque en las calles de esa Medellín que prohibía que los hombres usaran camisas de colores, el italiano Rodolfo tenía fama de homosexual.

Nunca pudo hacer nada y entre su juventud y parte avanzada de su adultez se le llamó en las calles “Rodolfo Valentino”, a secas. Su apodo decaía hasta en los momentos que, con unos tragos en la cabeza, le daba por ponerse a bailar tango, como Valentino en Los cuatro jinetes del Apocalipsis, film de 1921 en el que el actor italiano baila La Cumparsita, melodía creada en 1917 por el músico uruguayo Gerardo Matos Rodríguez.

La relación entre el tango y mi padre terminó por involucrarme. Repito que siempre me gustó la música, de hecho bailé tango en Homero Manzi, Javier Ocampo fue mi profesor y en un par de ocasiones me llevó hasta la pista. Lo abandoné. Para gusto de mi papá fui fea mientras estudiaba en el colegio (no sé si se me pasó el mal o si me acostumbre), fea por los mismos años en los que Betty la Fea se apoderó de las pantallas de la televisión colombiana. El tango se popularizó tanto como mi imagen y mis gafas. A Dios gracias que nunca tuve frenos.

Gracias a Ivo Pelay por dos fragmentos que reconfortan su ya glorificada letra:

“Yo sé que hay muchos que desprecia con mentiras y suspiran y se mueren cuando piensan en mi amor. (…) Si soy fea sé que, en cambio, tengo un cutis de muñeca, los que dicen que soy chueca no me han visto en camisón”.

Siempre me preguntan por lo qué voy a hacer el día en que mi papá se muera. A decir verdad ya lo estoy viendo morirse. Es una sensación tan extraña, tan triste, tan humana. Muero de tristeza con él por la razón de su enfermedad, clínicamente se está muriendo ahogado, a lo que más le ha temido en la vida. Paradoja del destino, siempre nos ha pedido que cuando muera tiremos sus cenizas al río Cauca, dice que no quiere estar en “el hueco”, que le da miedo del encierro y del ahogo.

Para todos aquellos que me preguntan qué haré, no sé. Tal vez escriba mucho, probablemente me derrumbe. Lo único de lo que tengo certeza es de que, sea cual sea mi estado, estaré escuchando tango para recordarlo, para saber que mi vida con él fue feliz, que la volvería a repetir con tristeza y melancólica suicida, que volvería a él porque papá, “ya sé que estás piantao, piantao, piantao”.

Cuando le anunciaron que usaría 10 litros de oxígeno al día para poder vivir una de sus nietas lo recibió con una orquesta en nuestra casa. Ese día dirigió La Cumparsita.

sábado 18 de julio de 2009

Elecciones 2010



Foto: Perla Toro.

viernes 29 de mayo de 2009

En tiempos de crisis, jardines de esperanza



En los corregimientos de Medellín varias familias y asociaciones campesinas siembran agroecológicamente. En los cultivos han encontrado una forma de tener un negocio inclusivo y una garantía para su seguridad alimentaria.

Agradezco a todas las personas que me acompañaron en este proceso de investigación. Hoy tengo el gusto de presentarles mi primer logrito investigativo. Espero que sea del agrado de quienes lo lean. Recibo sugerencias y críticas para próximas oportunidades.

La multimedia pueden encontrarla haciendo clic aquí.

Gracias, totales.

domingo 3 de mayo de 2009

Para partir el pan de los débiles


“Señor, danos la riqueza en conciencia, danos también manos limpias para recoger las cosechas y bendecir el universo. Haznos invencibles con el poder del amor. Y para defender todo esto la libertad, la paz y la justicia, danos coraje, un rifle y buena puntería”.

Gonzalo Arango.


El Día Internacional del Trabajo amanecí vigilada. En honor a los sindicatos y a quienes se paran los pelos con jabón rey, más de 50 gorilas, entre policías y antimotines, le dieron la bienvenida al día en una esquina que comunica la Calle 49ª (un pedacito que se le escapó a Ayacucho) con la Calle 50, conocida como Colombia.

La lucha obrera manifestó este año, como todos los demás; pero, esta vez, salió muy temprano desde el Parque de la Milagrosa, para demostrarle a paredes y ciudadanos que los poderes sindicalistas siguen vivos en uno de los países con menos tolerancia por los movimientos de izquierda en todo el mundo.

En el recorrido la marcha se desvió por Ayacucho, encontrándose cerca de la Carrera 36 con activistas del Antimili, un grupo de jóvenes reconocido por la organización de un festival musical anual y que tiene como objetivo la resistencia y desobediencia civil. Los anarquistas acamparon durante todo el día, hicieron sancocho, escucharon música, protestaron y rayaron las paredes.

Pasada la marcha los policías se fueron e incluso los helicópteros que insistentemente vigilaron las calles para salvaguardar al Estado de los opositores de la Nación, marcharon en el azul del cielo. A las 2 de la tarde las calles parecían un tapiz de pintura negra y roja y las paredes un homenaje popular al stencil.

Había pasado el Día del trabajo y se daba bienvenida a un día festivo. Entre leer un stencil, caminar y observar mamarrachos que protestaban por la libertad de un pueblo hambriento, se me perdió la mente en un desperdicio encantador de pensamientos que pasaban por el activismo y la inevitable decisión de, en algún momento, tener que vestirse de una bandera y empuñar un rifle.

Pocas veces he creído en las personas que dicen que son de “centro”, siento de ellas una hipocresía a conveniencia donde no existe una verdad segura. Tampoco estoy de acuerdo con los extremos y mucho menos con los extremistas, pero si gusto y apoyo la existencia de muchas palabras terminadas en “istas”, incluso los autistas.

No imagino un mundo donde no hubiese existido el feminismo, los movimiento contra los crímenes de odio, los ambientalistas, ecologistas, artistas, idealistas e incluso no imagino un mundo sin los primitivos machistas.

Del Día del Trabajo, por ejemplo, me generan varías insatisfacciones las posiciones de los llamados centralistas, más aún de los personajes de derecha que manifiestan a viva voz que con “P” de Polo, también se escribe Puta. Siendo este un día sindical, obrero, anarquista, no entiendo por qué se lo toman libre, deberían de “trabajar, trabajar y trabajar”, como lo manifiesta su gurú, salvaguarda de la Patria colombiana. En Colombia, el país de las inconsistencias, donde la derecha y la izquierda terminan siendo una imagen alegórica a los principios de George Orwell, una mesa repleta de cerdos, los sindicalistas protestaron, los policías vigilaron, los de derecha pasearon y al final de la noche todos tomamos una copa y nos fuimos a la cama.

Mucho se ha dicho sobre los activistas y románticos revolucionarios, incluso, la sociedad ha buscado una forma de decreto que impide ser activista luego de los 30 años, a estos en muchas esferas se les ha llamado estúpidos. Tengo 23 años e imagino que todavía puedo soñar, estoy a tiempo para apuntar el rifle con coraje.

El activismo, mal entendido por muchos, hace referencia a una actividad sostenida con la intención de efectuar un cambio de índole social o político. El racismo activista provoca que en muchas ocasiones los convencidos de una causa sean tildados de revoltosos e incluso en Colombia, muchos de ellos, son llamados terroristas (una insoportable palabra terminada en “istas”, en defensa de la cual se sostienen muchos de los regímenes de gobierno contemporáneos).


Un día del trabajo en Medellín




Mal contados tengo puestos tres vestidos autistas: feminista, ambientalista (lo cual incluye ser antitaurina) y periodista; sin embargo, hay cosas que tampoco logro entender de la militancia. Por ejemplo, rayar una pared con mamarrachos y mala ortografía, además de parecerme una manifestación de ignorancia, se me hace algo antiestético. Hay algunos stencil con los que vibro, abro los ojos, vuelvo y los cierro y termino por obturar y capturar el recuerdo. En cambio, los letreritos insoportables de cierta clase de desobediencia se me hacen patéticos. Prefiero la ciudad bien vestida con grafitis, estarcidos y manchas de pintura bien repartidas al mejor estilo de un Jackson Pollock tercermundista, idealista, feliz y perplejo.

Tampoco entiendo lo de las papas bombas (deberían de tirar libras de arroz, comida o fritar las papas y repartirlas a forma de pan). No me gusta el reclutamiento, el amotinamiento y si hubiese más oídos para escuchar, tampoco quisiera irme a la guerra y matar a mis hermanos por una causa justa.

Por encima del cielo y la tierra, el bien y el mal, el activismo ha logrado grandes cosas y es de cuerdos dar el reconocimiento. Por la desquicia que se atrevió a batallar con palabras, armas y panfletos, las mujeres podemos votar, estudiar, trabajar, ponernos un pantalón largo, fumar e incluso elegir a los hombres que queremos llevarnos a la cama. Por la cordura corrompida por una rabia que le atacó el corazón, los homosexuales pueden darse un beso en la calle (con excepción de pequeños lunares donde el homosexualismo es considerado un crimen). De cuenta de locos encapuchados y bayonetas afiladas, los negros pueden considerarse libres y los trabajadores asalariados seres humanos con derechos laborales y el reconocimiento de una vida digna.

Falta mucho y por eso sigo considerando una opción válida tomar alguna clase de partido. Se requieren locos que adopten puñados de tierra, cuerdos que defiendan los animales y hombres que en vez de flores estén dispuestos a ceder derechos.

Tarea difícil en tiempos donde el héroe de una nación es el terrorista de su oponente.

viernes 3 de abril de 2009

Tocar con los ojos

domingo 14 de diciembre de 2008

Carrera impotencia


Lo peor de vivir en un lugar peligroso no es el insistente cuidado de la vida, es la obstinada aparición de la impotencia. Vivo en Medellín, en el centro de la ciudad, para ser más exacta en la carrera 39, entre las calles 48 y 49. En palabras más locales en la carrera Giraldo entre Pichincha y Ayacucho.

Giraldo es una carrera que atraviesa una parte significativa de la ciudad, de oriente a occidente. Sobre sus costados está el Parque de Boston, la parte trasera del Teatro Pablo Tobón Uribe, la Placita de Flores y mi casa. Esta vía atraviesa varios barrios, solo por contar El Salvador, Boston, Villa Hermosa, Manrique y Santo Domingo.

Algunos de sus tramos son peligrosos y otros no tanto; pero, la fracción de carrera 39 que me correspondió vivir a mi tiene algo en particular. En esta termina una comuna y comienza otra. Aunque personajes como Pirry se nieguen a entenderlo, toda Medellín está dividida en comunas y al contrario de lo que piensa la estrella de las metáforas televisivas, hablar de comuna no hace referencia a un lugar impenetrable, peligroso y arriesgado, sino a una división territorial.

El hecho de vivir en el límite de ambas comunas (La 10 que es el Centro y la 9 que es Buenos Aires) significa estar en tierra de nadie. Nunca he conocido cerca de mi casa una organización comunitaria y aunque a unas tres cuadras más arriba hay un CAI de la Policía Nacional, en este tramo de carrera Giraldo aparecen historias inéditas que se quedan en el misterio judicial y que solo recordamos sus habitantes.

Los días en la carrera 39 entre calles 48 y 49 son normales, con la única excepción de que es una vía doble y todo el día hay que sentir como tiemblan el asfalto por el tránsito de los buses. El miedo que a veces se traduce en impotencia comienza en las noches.

Hay muchas cosas que mi mamá nunca me cree, por ejemplo que en las noches veo a una anciana sentada en mi cama. En fin, ya me he acostumbrado a que mi palabra poco valga dentro de la credibilidad hogareña. En un amanecer, siendo las 3 de la mañana si mal no lo recuerdo, escuché unos ruidos y me levanté para mirar por la ventana, aparentemente había un grupo de trabajadores de Cable Unión. No muy convencida de la explotación laboral a la que se sometían estos hombres desperté a mi mamá y le conté la película que se atravesaba por mi mente. Yo pensaba que eran hombres malvados fraguando un plan perverso, pero ella, como siempre sabe hacerlo, me mandó de regreso a la cama y me dijo: “Váyase a dormir que usted está loca y yo no he escuchado nada”.

Al día siguiente, siendo las siete de la mañana, tomamos el teléfono para hacer una llamada y no había sonido telefónico. Los trabajadores de Cable Unión, que hasta uniforme tenían, se habían robado el cable telefónico de 150 casas, una manzana entera. Del cable de teléfono se extrae cobre y un kilo de este material es vendido entre los recicladores por un total de $11.000.

En este tramo de la carrera 39 siempre hay un ruido que avisa algo. Mi sueño es bastante débil y con más razón tengo el innato poder de escuchar cosas excepcionales. También para vender el reciclaje se nos han robado la tapa del contador de agua, una varilla de la reja de la entrada y en el vecindario del lado hurtaron la placa que los hacía reconocerse como una donación de la Sociedad San Vicente de Paúl.

También han pasado cosas graciosas y simpáticas. Como en la que vivo es una casa antigua, tenemos zarzo (desván) y un día se entró una gata por el techo y dio a luz cinco hermosos cachorritos que desaparecieron luego de que mi papá, por esa extraña manía que tienen los hombres de creerse desde plomeros hasta veterinarios, se les metió al nido y dejó caer uno.

Un lunes festivo nos despertó un ruido en el techo y pensamos que era un ladrón. Inmediatamente prendimos las luces y como heroínas con capas de pijama tomamos palos entre las manos. Mi mamá gritó: “Perla, pásame el arma que vamos a matar a este hp…”, sorprendida me preguntaba por cuál arma, en mi casa no hay sino cortaúñas. Luego miré el gesto de mi mamá y era que la muy inocente pensaba que con eso iba a espantar al ratero encima del tejado. Después de amenazarlo a muerte apareció, peludo, con bigotes y balbuceando un sonido que decía: Miau.

Pero hay otras historias que no son tan simpáticas. Por ejemplo un sábado siendo las 11 de la noche había, diagonal a la casa, dos patrullas de la policía parqueadas en la vivienda de un cura misionero. De esas si me creyeron porque las vieron, así que por esta vez mi imaginación salió bien librada. Al domingo nos dieron la noticia de que dos hombres se habían entrado y habían asesinado al cura en presencia de su sobrino y su hermana.

En un día de trabajo cuando abrí la puerta para salir mi casa estaba acordonada por policías. Me imaginé con casco, botas largas y en guerra. Dispuesta a dar la lucha pregunté el por qué de la invasión. Tres casas luego de la mía habían asesinado a un indigente. Ese día no escuché nada, me contó el hombrecito vestido de verde que había sido con silenciador, me reconcilié con mis oídos y me caminé nerviosa hasta llegar a mi oficina.

Lo que me mata no es el miedo, es la impotencia y el saber que aun estando ahí no puedo hacer nada, sea porque no me creen, porque no nos atrevemos o porque simplemente tengo que protegerme. En alguna ocasión llamé a la policía y tras detener al ladrón que se estaba entrando a una casa, tocaron la puerta y me dieron las gracias por colaborar con la justicia. No dormí en unos cuatro días, imaginé una y otra vez al ratero viniendo a cobrar venganza sobre mí.

Son muchas las historias de impotencia e ira; pero, hay dos que particularmente hacen que el alma me llore cuando las recuerdo. Antes escuchábamos los ruidos gracias a mi oído, ahora lo hacemos porque tenemos una cachorrita muy sensitiva, a ella le creen más que a mí.

Otra de esas madrugadas Luna ladró y empezamos a escuchar una persecución, gritos y llantos. Lo que vino después fue un golpe a la reja de mi casa, otro golpe, un llanto y los gritos de un hombre que pedía auxilio. Dentro de lo poco que alcanzamos a ver vimos a un taxista que, según creemos, estaba atracando a su pasajero. El hombre seguía pidiendo auxilio y la reja de mi casa seguía sonando. Mis manos se entorpecieron y no fuimos capaces de llamar a la policía, ni de un celular, ni del teléfono fijo. Finalmente, tras una batalla cuerpo a cuerpo el taxista logró montar al pasajero herido nuevamente al vehículo.

No dormimos más y a las siete de la mañana cuando abrimos la puerta vimos unas goteras de sangre. Luego, por comentarios de una vecina, nos enteramos que los llantos y llamados de auxilio fueron de un hombre que amaneció en la esquina muerto, apuñalado y desangrado. Cuando lo recuerdo aun pienso que yo lo maté o que fui cómplice del conductor asesino.

Lo último fue una mujer gritando, amaneció muerta y violada a unas cuatro cuadras.

El crimen del cura lo reportaron en La Chiva, un periódico sensacionalista de Medellín, seguramente al periodista le pareció muy curioso que mataran a un cura dentro de su casa. De las demás muertes nunca más supimos nada.

Pese a que esta casa me ha visto crecer, enamorarme, entrar y llegar, siento que no aguanto más. Desde esta puerta me hice amiga de todos los indigentes que duermen en el centro y eran ellos quienes me cuidaban para irme a las cinco de la mañana a clase de seis a la Universidad de Antioquia.

Ahora, cada día que pasa y que abro y cierro esta puerta pienso en irme de aquí, tengo dos caminos quedarme y seguir fuerte o ahogarme en un mar de impotencias.