viernes, 26 de febrero de 2016

Cruces sin cristos

Los años de indecisión y de pensamiento no desaparecen porque así lo decreten o les convenga a los que persiguen la coherencia. Simple y vagamente, se van. 

Ilustración: autor desconocido, encontrada en Tumblr.

Justo el día en el que los católicos acostumbran marcar su frente con una cruz, decidí bordar en mi cuerpo el símbolo del pecado. La señal atraviesa mi ombligo de izquierda a derecha y del centro hacia abajo. Porque polvo fui; pero, no por eso el polvo lo convertiré. 


El miércoles 10 de febrero de 2016, a las 6:30 de la mañana, autoricé a un médico de Profamilia para que ligara mis trompas. El procedimiento incluía otros verbos como cortar y cauterizar. A las 8:00 a.m., aproximadamente, y mientras un grupo de jóvenes protestaba frente a la sede del polémico instituto, sentencié a muerte la idea de maternidad. Al menos en lo que respecta a mi galaxia. 

Imagino que mientras yo viajaba por los efectos alucinógenos de la anestesia general, ellos – los jóvenes que protestaban con velas – veían la culpa todo el tiempo. Acostumbrados a ella y orgullosos de su habilidad para desafiar lo que en el estómago produce, prometen velar su idea durante 40 días, “40 días por la vida”. 

Sin mayor posibilidad  de reflexionar, me abstuve de tomar sus caminos y descalificando cualquier comentario, cercano o ajeno, le entregué mi cuerpo a uno de los actos más condenados dentro de la que podría considerarse: “la política pública para ser mujer” aprobada por las damas, en mi caso, antioqueñas. 

Esas mismas que consideran la adopción un camino equivocado porque: “Uno no sabe eso cómo irá a llegar de dañado. Con qué mañas”. Round número uno: “Los humanos como un eso”. 

Parágrafo 1: las críticas llueven

Desde que tenía unos 18 años comencé a construir mi propio discurso de la no maternidad. De la mano de esa edificación hubo comentarios que nunca desaparecieron: “Estás muy joven como para pensar en eso”. “Vos ni sabés lo que estás diciendo”. “No diga nada que dios la va a castigar con unos cinco pelaos”. Round número dos: los hijos como castigo. 

A medida que el tiempo transcurría la idea se volvía más fuerte y pese a que me encanta cargar bebés, tomarme fotos con ellos y asombrarme con la forma cómo sus sentidos reciben el mundo, el discurso era el mismo: “Lo que mi cuerpo creará no serán humanos”. Pero, como el dinosaurio, las críticas siempre estaban ahí. 

Mis parejas pueden decir de mí que estoy loca. Que soy una impulsiva manipuladora. Pero, jamás, que quise hacerles padres sin consideración alguna. 

En la década de mis 20 años terminé el edificio y a los 28 años hice mi primer intento por firmar la “esterilidad”, palabra muy fea pero que describe bien la situación. Primero lo intenté por la EPS; pero, algo le decía a los médicos que mi estado mental no era el mejor. Sugirieron que, para asegurarme de que estuviera tomando la decisión correcta, debía visitar un par de psicólogos y unos cuantos psiquiatras. Round número tres: la idea de la no maternidad como un estado de locura. 

Convencida de no someterme a tan humillante reallity, tomé la decisión de esperar a cumplir mis 30 años para cerrar el camino. Con o sin aprobación de la EPS, pagado o no pagado por mí. 

Durante esos 24 meses encontré una luz, Maritza. Ella me contó de Profamilia y de la facilidad que ofrece dicha entidad a la hora de decidir una tubectomía, ese es el nombre elegante. 

¡Mujeres! Profamilia es respetuoso. Una entidad que informa sin pretensiones morales y que, lo único que exigen es una consciencia de que esta es una decisión propia, de nosotras, quienes podemos gestar. No se dejen engañar por los miedos que otros quieren infundarnos cuando, al tratarnos a todas como unas “adolescentes descontroladas”, nos dicen. “Eso no te lo hacen tan joven”. Knockout número uno: hay quienes nos respetan. 

Parágrafo 2: de mulas y de mitos

Una vez tomada la decisión empezaron los momentos incómodos. Pese a que la única persona de la cual me importaba su opinión: mi mamá, siempre estuvo de acuerdo con la decisión, no se hicieron esperar las opiniones no pedidas y descontroladas. 

Inicialmente pensé en omitir los detalles de la cirugía. Pero, a la primera respuesta de: “Me voy a poner tetas” me sentí tan ridícula que a todo aquel que me preguntaba le contestaba: “Me van a castrar”, sin discusiones biológicas, todos comenzaron a entender de qué se trataba el procedimiento. 

Me dijeron desde: “Vas a quedar estéril como una mula” hasta, “¿y eso si te lo cubre una incapacidad siendo una decisión tan personal?”. A esa última persona le dije que estaba cambiando cuatro días de incapacidad por más de 60 de licencia de maternidad, lo cual representaba por lo menos un ahorro en 56 días de trabajo. 

De nuevo me dijeron que me iba a arrepentir, pero esta vez cuando tuviera una pareja para darle un hijo. Round número cuatro: los hijos como una forma de complacencia femenina a lo masculino. 

Entre las listas de enfermedades quedaron consignadas: cáncer de cuello uterino, un no sé qué en la matriz y hasta depresión cuando viera caminando a un infante. 

En el último mercado mi mamá no me compró toallas higiénicas. Al preguntarle por ellas me dijo: “¿Cómo así y es que eso no es como con las perras?”.

¡Mujeres! Seguimos teniendo una vida sexual normal –incluso mejor-, nuestros períodos siguen llegando cada mes y  también sufriremos de menopausia. Mi piel tampoco envejecerá y mi cabello no se secará. 


Parágrafo 3: la cirugía

Cuando ingresé al lugar donde sería la cirugía había unas 15 mujeres que iban a realizarse el mismo procedimiento que yo. Todas madres. Dos de apariencia joven, una morena de caderas amplias y yo. Las demás, adultas. Una de ellas lloraba y decía que no quería operarse y que prefería que fuera su esposo el que lo hiciera, al preguntarle por qué no lo hacía él contestó: “Cada que le digo cruza las piernas y dice que qué dolor de güevas”. Round número cinco: la vasectomía también es una opción. 

Todas comenzaron a contar sus historias. Yo, expectante. “Tengo cuatro hijos que son mi vida, pero no quiero tener más y a mi marido no le gusta que planifique”. “Tengo tres y no puedo con más”. “Yo no me quería operar, pero me va a tocar con tanto muchachito”. De repente, la discusión llegó a mí: “No tengo hijos”. Reinó el silencio. 

Luego vinieron la aguja, el quirófano y la anestesia. Lo último que supe de mí fue que me preguntaron: ¿está en ayunas? Lo siguiente fue despertar en tren, viajando por algún lugar muy parecido a Machu Pichu, pero de colores rojos y amarillos. Cuando aterricé estaba en la sala de recuperaciones orgullosa de haber firmado esa sentencia que a muchas todavía les persigue el pensamiento: la decisión, respetuosa (porque no culpo a quienes sí lo hacen), de no gestar hijos para esta sociedad.  

Knockout definitivo.

jueves, 17 de diciembre de 2015

Primero, la desilusión

Origen: desconocido.

Cuando Michel Houllebecq se pone la cara de poeta, dice que “el mundo es un sufrimiento desplegado”. Desde su nacimiento, hasta su expansión, vibra el dolor y muy cerquita de su matriz la desilusión.

Remontarse al origen de ese sufrimiento: la espera es, a veces, abrir las heridas de lo que en un principio fue una ilusión libre.

El contraste entre un corazón expectante y uno oprimido, a veces desencadena en silencio. No hay que desdeñar de los que, prudentemente, se resienten con la vida, no hay que inventarse formas poéticas de sobrevivir.

Si se permanece honesto y humilde con ella - la vida-, quedarán entonces dos representativas figuras: una ausencia de palabras que no puede conjugarse y una devoción que en forma de preludio busca el futuro.

Lo importante, a la hora de entender que hay caminos que se encierran, es mantener la pasión, al fin de cuentas, la ilusión es también un particular componente de los escasos momentos de calma.

Como dice el mismo Houllebecq: “No temáis a la felicidad: no existe”.

lunes, 9 de noviembre de 2015

Del sin sabor de la ironía

Sábado, 7 de noviembre de 2015 
10:45 a.m. Centro de Medellín. 



Tres niños sentados en una esquina de Pichincha con Junín juegan con un perrito cachorro mientras piden un pedazo de pan. Tres niños son abordados por una mujer y un hombre, ambos jóvenes, que les preguntan por la mamá. Llega la mamá. Habla poco español. Entre sus collares que bien podrían ser Emberá o Tule (no sabría identificarlos), se esconde un pequeño cuello que revela un rostro tímido. Ellos, el hombre y la mujer, la increpan para que les entregue el perro. Le dicen que es maltrato animal tener a un perro en la calle. Ella no sabe qué responderles. El hombre y la mujer le arrebatan el perrro a los tres niños que piden pan en la calle. Los niños lloran. Ellos, gloriosos, caminan hacia la calle Ayacucho con el cachorro entre los brazos. Dicen que han salvado una vida.

domingo, 21 de junio de 2015

El día en que las mujeres dejaron de ser princesas

En abril estuve haciendo un paseo de esos que solo pueden soñar las niñas. Conocí Disney World. Entre las más de 1.200 fotos que tomaron las amigas con las que estuve, aparecieron  críticas de los que en cuatro palabras llamaré: intelectuales para el olvido. El procedimiento incluyó juicios de por qué conocer un imperio en vez de visitar lugares más interesantes y “culturales”. Meses después, respondo con un por qué. 

Fotos: Perla Toro. 

Un día mi padre me llamó para mostrarme la que él consideraba la música más bella del mundo. Con sus manos sobre mi cabeza, como si estuviera intentando pasarme un poco de su conocimiento, me mostró cinco casetes de su colección. El procedimiento incluía la descripción: favoritos. 

El primero dejaba sonar El lago de los cisnes de Piotr Ilich Tchaikovski. El segundo, Danubio azul de Johann Strauss. Como si fuera una especie de pesadilla de la que una niña de ocho años quiere salir corriendo, me mostró el tercero: un Allegro de Bach. Y para rematar los sueños de la infancia me indicó el lugar donde habitaba Mozart y un señor que con un apellido gordo dejaba salir gritos de dolor bajo la simpática pronunciación Pavarotti. 

Abocada por los nervios y el síndrome de abstinencia que me producía escuchar una música que no podía cantar, huí de sus explicaciones y creencias. 

Decidida, como puede firmarlo en sus promesas una infante con menos de una década de experiencia en la vida, marqué en mi destino que el camino musical que seguiría de parte de mi familia sería el de mi madre. 

Empecé entonces a aprenderme las canciones de Los Bukis, Camilo Sesto, Amanda Miguel, Paloma San Basilio y Sandro. También algunas populares, de esas que doña Luz Elena (mi mamá) decía que eran las mejores para “voltear tapetusa”. Llegaron entonces Helenita Vargas, Los Visconti y Los Chachaleros. 

En circunstancias en las que todos hablaban de libertad, mi padre no se resignó. Decir que no escuchara esta clase de música, allí donde todas mis tías decían que sí, conllevaba a un riesgo que él (Ernesto) no estaba dispuesto a correr. Se vio obligado a crear un plan. 

Bajo una declaración de principios básicos de tolerancia se dedicó a observarme. Una toma de posición que le gastaba largas horas mientras me miraba cantar con un despecho no correspondido para una edad en la que era inmune al desamor causado por los hombres. 

Cuando decidió abandonar la carrera etnográfica ya había encontrado un hallazgo. Además de realizar imitaciones románticas en la sala de mi casa en Rionegro disfrutaba de unos cuantos programas de televisión y de ir al matiné dominical del Teatro Los Héroes. De ambas actividades me animaban dos cosas: los cuentos y las princesas. 

Toda enseñanza es el invento de una ruta propia de vida. Y fue así como mi padre terminó sus mañanas y noches viendo Cuentos de los hermanos Grimm y el Narrador de cuentos en Frecuencia Latina. También dedicó algunos domingos a esperarme en la salida del teatro que aspiraba a ser la primera sala de cine de mi pueblo. 

Diseñado el plan, solo era necesaria su ejecución. Y un día me sorprendió con una suerte de clase de baile para princesas. En una sala llena de porcelanas (mi madre siempre ha tenido el vicio de coleccionar cositas) simuló un castillo y dentro del enorme palacio, sonó la orquesta. Él, “papá rey” y yo “hija princesa” ensayamos los bailes que vendrían en la fiesta. 

Sorpresivamente los bailes salieron de los mismos cinco casetes que con la palabra favorito me había mostrado meses antes. Tchaikovski, Strauss y Bach volvieron a retumbar en mis oídos. Esta vez con una forma más clara: “la música que bailan las princesas”. 

Entre los vals y las fiestas imaginarias configuré todo un universo de movimientos torpes y princesas rebeldes de ojos tapados y gafas gruesas que a veces se volaban para escuchar guascas en una cantina. Construí un mundo en medio de la tolerancia musical. 

A los 10 años, ya encaminada en unos intereses musicales más profusos, mi papá me entregó la estocada final. Con la Fantasía de Disney me prometió un castillo lleno de melodías. Ese día empecé a amar a Bach y a Tchaikovski, los dos primeros de la lista que Mickey dirigía en ese, entonces, cielo de emociones. 

También me obsesioné con conocer el reino de Disney. Pero, nunca pudimos ir. A “papá rey” lo habían deportado del paraíso gringo por estar trabajando de inmigrante. “Hija princesa” era muy pequeña y pobre para comprar un tiquete. 

19 años después decidí viajar en compañía de amigas de adolescencia para buscar la tierra donde bailaban las princesas. 

A los que me preguntaron por qué no me fui ni para Bolivia ni para México ni para Turquía, les diré que fui a Disney porque quería volver a bailar con mi padre. El rey, el príncipe, el único azul de la princesa rebelde.