martes, 3 de marzo de 2015

Prevención que se desploma. Epistolares para desconocidos

“Haz brotar sangre al menos de mi herida, que estoy cansada de morir apenas”. Silvina Ocampo - Al rencor

Kemukujara

Hay momentos que no solo piden a gritos eso que llamamos interpretaciones lógicas, sino que también intentan inconscientemente dirigirlas en un camino que a veces es recuerdo y en otras ocasiones sentimiento. 

Nacidas del capricho las casualidades son un fenómeno comparable con una pieza de música que en un mismo escenario exige una perfecta combinación entre sonidos y silencios. Sin contar con el acto sensible, sobrenatural e inexplicable de enamorar al otro. 

En algunas otras ocasiones las casualidades también se parecen a los cuentos y a las novelas. A veces son buenas y a veces son malas; pero, en todo caso, son impredecibles. Se escriben húmedas o mojadas. Resultan memorables o dignas de un matrimonio con el olvido. 

El metrónomo de la razón no brinda entonces un intervalo lógico que permita explicar cómo y para qué suceden las cosas. Al final, en cuerpo ajeno o en habitaciones propias y compartidas, ocurre el azar. 

Por así decirlo, las casualidades se parecen a un proceso de creación artística. Y también tienen alguna semejanza con el fluir de las palabras. 

Mientras se está quieto, inmóvil y callado, aparecen unos dedos transparentes que  queman y que con voces enfermas retan cualquier asomo de inteligencia para explicar que la emoción es el resultado de una realidad completamente incierta. 

Infinitas casualidades han cambiado al mundo. Hallazgos, encuentros y desencuentros han logrado torcer el rumbo de las cosas. 

Miles de ellos pueden encontrarse en las páginas web que, por capricho y rating, retan la curiosidad de los incautos para consolarlos y contarles que ese palpitar del corazón que el absurdo destino depositó en ellos, fue un alma entregada sin previo aviso en otro espacio tiempo. A veces del pasado, en otras ocasiones paralelo y en algunas premoniciones  a futuro. 

En el mundo todo se mezcla. En el mundo todo se pega de todo y, mientras escribo estas palabras que escasean de control, imagino la vigilante casualidad de un encuentro cercano. 

Él, con ese duelo de un amor vivo. Ella, con ese pánico siempre adentro. Se ven, se toman, se ignoran y se olvidan. Días después se encuentran entre un vestido morado lleno de minutos. Juegan a entregarlo todo menos las respuestas acertadas. Se miran. Se sustraen. No esperan ni una sola palabra ni un solo día ni una vida demasiado sustraída. 

Por casualidad ahora bailan en esa misma impotencia eterna. Bajo la misma debilidad. Sumergidos en el mismo sueño que amontona agua sobre agua. 

Un día caprichoso de un año no bisiesto la casualidad se torea de frente para decir, con la fuerza de los perros, que el anhelo se ha convertido en una manera de estar en un mundo que hace el mundo más ligero. 

Por un falso amor, por una palabra o por un semblante, dos notas temblorosas improvisan, ahora mismo, una música radiante que caerá en el olvido. 

Mientras llega el abismo, pienso, esta vez en nombre propio, que entre los cortos minutos que han pasado desde el corte final, he tenido la mejor casualidad. Por no decir, con una voz desnuda, que la menos lógica en una eternidad no engañosa. Vos. 

1 comentario:

Sergio Salazar dijo...

Sin Palabras...que belleza...