lunes, 18 de mayo de 2015

Disfrazados de opinión

Por un derecho a la contradicción y una reivindicación propia con el ejercicio del silencio. 

Petra vam Der Lem

Las exigencias de reconocimiento que nos han impuesto las redes sociales para llevar una vida “influyente”, han convertido la opinión en un hecho más importante que la información misma. Referente básico del derecho a la expresión, la conjugación del verbo opinar debería exigirnos ejercicios de responsabilidad ciudadana potentes y en la actualidad poco practicados.

Está uno harto de escuchar – y ustedes aburridos de que yo lo haga – opiniones frente a todos los asuntos que transitan las esferas de la vida pública en Colombia.  

En este país, lleno de gente insaciable, la opinión ha comenzado a ocupar, en las agendas informativas, un lugar más privilegiado que la misma información. 

El hecho, como acontecimiento, se ha visto reemplazado por mensajes que, justa e injustamente (porque la carga nutritiva no depende de una balanza regulada) levantan veredictos similares al agua estancada, engendrando, como lo afirmaba el poeta inglés William Blake, “reptiles en las mentes”. 

Cruel, pero desgraciadamente cierto; salvo por el hecho de que expresarse libremente es un derecho constitucional, esta furia de “opinadores” rebasa las realidades del país, dejando a la opinión por encima de las víctimas, los grandes asaltos por corrupción y la negación de derechos tan importantes como la salud y la educación, solo por mencionar algunos casos. 

A veces bien informada, pero en su gran mayoría desviada por intereses políticos, religiosos y morales, esta acción se ha convertido en el todo de la participación ciudadana, dejando en evidencia que a veces nos conformamos con bastante poco.  

Irónicamente para el crítico en potencia, que desea al mismo tiempo tener la razón y darle un sentido de libertad al mundo, en Colombia las opiniones suelen aparecer en dos tonalidades: negro y blanco. Los colores del trópico desaparecen cada que alguien, superando el estereotipo, intenta cruzar una barrera que potencie el debate por encima del propio parecer. 

Sé es guerrillero o paramilitar. De derecha o de izquierda. Fajardista o en contra de Fajardo. Afirmativo o negativo. Heterosexual u homosexual. Libre o conservador.  Véanlo por ustedes mismos. Atrévanse a leer un foro de discusión en un medio de comunicación. ¿Lo han hecho? Si no lo han hecho cabe la posibilidad de que alberguen en sus mentes un poco de esa misma desazón que yo siento al ver una masa opinadora no solo polarizada, sino también desinformada. 

El ejercicio puede resultar más sencillo aún. Con un poco de tiempo para debatir, expresen sus opiniones en un muro de Facebook. En el caso de que sus palabras sean blancas, aparecerá el contradictor negro. Un proceso absolutamente normal y aceptable en nuestros días. Ahora, intente contradecir al negro y comprobará que la puntada final jamás logrará ser gris. ¡Jaque mate a la tolerancia! 

Sí, todos están por pulir, pensarán algunos. Pero, mientras tanto, la libertad de decir lo que se piensa desemboca en otras verdades: incómodas pero no por ello menos catastróficas. Expresarse y opinar, además de conllevar al ejercicio de un derecho que en muchas ocasiones puede resultar constructivo, también se está convirtiendo en libertad de acusación, violación del buen nombre y calumnia. 

También están los que se informan; pero que, en el fondo de la construcción, no levantan un andamio que conduzca a un país mejor: la búsqueda de un territorio con memoria. Como una excelente fórmula para ganar lectores incautos, eligen semana a semana la temática con mayor sintonía para expresar una opinión, lo que piensan. Es así como un columnista hoy puede ser una voz moral del aborto y mañana un juez que dictamina condenas en contra de los violadores de mujeres. ¿Contradicción o coherencia? Dos palabras en el ring. 

Opinadores de tendencia que marcan sus intereses en los termómetros de Twitter y de la palabra que ahora domina las agendas periodísticas: la indignación. Sin embargo, unos cuantos de ellos son originales.

El argumento, pues, debería conducir a ciudadanos formados en la información antes que en la opinión. Como un cordón umbilical, el opinador en potencia, que ahora busca radicalmente un reconocimiento, tendría la obligación de ser la persona más informada alrededor del hecho que entiende como parte de un proceso de escritura personal. 

No conlleva esto a una negación del derecho a opinar. Por el contrario, busca generar una reflexión sobre la predilección innata que tienen las personas a ejercitar este músculo del pensamiento. Una variedad frenética de colores y de formas que, bien direccionadas y sustentadas en unas bases sólidas que rebasen el capricho y la mirada personal, podrían llevar a la construcción de ese debate sano y público que muchos hemos soñado. 

Lo que emociona también confunde, y yo no confiaría el futuro de una construcción crítica en petulantes que aseguren con vehemencia el camino correcto al que se debe conducir el mundo. 

Si la moda, las tendencias y los medios de comunicación nos dan limones, no es nuestra misión hacer limonada. Yo de ustedes me prepararía para un momento bastante agrio. 

1 comentario:

Juan Mosquera dijo...

Aplaudo tus palabras. Y tantas veces pienso en el valor del silencio, particularmente del mío, y empiezo a pensar seriamente en callar. Soy de una generación en que a las páginas de opinión de un periódico se llegaba por mérito y pergaminos. Incluso soñé alguna vez con eso. Ahora sólo me queda la pregunta ¿para qué? Y busco información sin adjetivos de parte de quien escribe y me resulta difícil encontrarlas...