domingo, 10 de octubre de 2010

Medellín, desaparecida


“No están ni vivos, ni muertos. Están desaparecidos”.
Rafael Videla, 1985 en Argentina. Respuesta a los familiares de las víctimas del Gobierno Militar.
Sobre el escritorio del lugar donde trabajo hay un sobre de manila blanco. El color se lo dio el azar, una comunicación enviada por el Té Astor y el reciclaje de lo que se considera reciclable. En el sobre, que lo abre un sello rojo, hay en este momento unas 200 hojas que contienen descripciones físicas, direcciones, teléfonos, correos electrónicos, peticiones de ayuda y un eco de dolor.
En el sobre que hay sobre el escritorio del lugar en el que trabajo hay denuncias de desaparecidos. Un tema sensible, con banda sonora propia y cientos de colores que pintan el dolor, la incertidumbre, el cansancio e incluso la jocosidad.
Más allá de un dolor profundo y de cuestionamientos, jamás había estado cerca del tema de los desaparecidos. Digo que jamás había estado cerca aludiendo a la ironía porque ¿quién en Colombia no lo está? Total, desde hace seis meses cambié de escritorio. Antes era periodista a secas y ahora, producto de los recortes de presupuesto, soy webmaster, periodista, reportera, community manager, asesora y a veces, psicóloga y consejera (cosa que hago muy mal).
A este último oficio llegué por cuenta de una pestaña que en el medio de comunicación para el cual trabajo, busca prestar un servicio social y cederle la voz a los ciudadanos que deseen comunicar un mensaje. Se llama Mi Noticia.
Hasta Mi Noticia llegan muertos, quinceañeras, perros, nacimientos, carros quemados, agua derramada, invitaciones a matrimonios, minas ilegales y todo lo que a alguien pueda ocurrírsele. A Mi Noticia también llegan los desaparecidos.
Telemedellín, donde queda el escritorio en el que trabajo, está ubicado a unas cuatro cuadras (si es que se puede contar lo recto sin separaciones) de la Fiscalía de Medellín. Por este camino, carrera 64C, comienzan las historias.
Entre la Fiscalía y Telemedellín hay un camino de dolor. Para muchos que denuncian las desapariciones de sus hermanos, hijos, padres, primos o cualquier familiar independiente del parentesco; el recorrido inicia en la mole de cemento identificada con un cuadro de rompecabezas. Termina, en línea recta, en las instalaciones del Tránsito, en un canal de televisión pequeño, un formato y una fotocopia.
Todas las semanas, sin excepción en estos seis meses, llegan personas buscando ayuda, queriendo que en la caja mágica salga la foto del ser querido al que buscan con desesperación.
Las fotocopias, las fotos escaneadas y los formatos llegan hasta mi lugar de trabajo. Allí los selecciono, los separo por fechas en el sobre blanco y, dos veces por semana, llamo a quienes pusieron el denuncio, les pregunto si tienen noticias de sus familiares y, dependiendo de las respuestas, publico las historias en el portal web. Luego, las presentadoras leen la información en el Noticiero. También les mando un correo con el link donde está la información, pero, y esta es una primera característica, la gran mayoría de los familiares de los desaparecidos escasamente conocen la palabra Internet y no saben qué es un correo electrónico.
La clasificación de los desaparecidos es tan heterogénea como sus rostros y las historias que se escuchan detrás del teléfono. Por eso que llaman instinto uno aprende a reconocerlos, a veces se equivoca y otras veces pega en el palo. “Esta aparece, este no”, suelo pensar irresponsablemente.
Por ejemplo, voy a empezar por el lado menos duro, están los jóvenes entre los 14 y 22 años. Siempre, para el caso de lo que llega a Telemedellín, aparecen y hasta la fecha no nos han reportado ninguno muerto.
Una vez desapareció una joven de 24 años. La denuncia la puso su novio. Cuando llamé para preguntarle si tenía noticias de la chica me respondió con tono rabioso: “Sí. Esa apareció en estos días por ahí. Estaba con otro y no me diga que tengo que ir con ella a quitar ese denuncio. ¿Cierto que no la tengo que volver a ver?”. Para no meterme en el asunto le contesté que muchas gracias por la información y que me alegraba que ya hubiera aparecido. “A mí no, se hubiera quedado perdida”, me respondió.
Hace menos de un mes llegó el reporte de una chica de 14 años que no sabían nada de ella desde hacia 72 horas, el tiempo que exige la ley para establecer una denuncia. En la descripción de la ropa que llevaba el último día que la vieron decía: “pantalón blanco, blusa plateada ombliguera y bolso rojo”, yo pensé que era una canción de Sabina, pero no, era una chica que a los dos días le contó a su mamá por teléfono que se había volado con su novio. Luego, la mamá fue y denunció al joven por secuestro.
Hay otra clase de desaparecidos: las señoras mayores de 70 años. Algún día con el director de Noticias Telemedellín, colgamos una noticia de una señora de 72 años. A los dos días recibimos una llamada de una voz que temblaba con ira y nos decía: “¿Quiénes son ustedes para publicar mi foto? Maleducados, yo me puedo ir para donde yo quiera, demalas. Estaba en Andes donde Bertulia y yo hago lo que me dé la gana”. Colgó.
Pero también están los temas sensibles. A la esposa de David, un compañero que trabaja en el área de producción, su jefe le pidió el favor de que en Telemedellín pusieran la foto de su hermano desaparecido. La publicamos y al otro día la señora nos llamó para decirnos: “Muchas gracias, ya apareció. Estaba muerto”. La lengua se queda sin respuestas.
También están los casos en los que uno llama a preguntar si se tienen noticias y dicen: “Sí mija, a ella la enterramos hace una semana. Muchas gracias por su colaboración”.
Uno de los casos más curioso y doloroso fue el de una mamá que vive en el barrio San José La Cima Uno (Comuna Tres de Medellín). Su hijo era un habitante de la calle, ella aprendió a aceptarlo y semanalmente hacía una excursión hasta el puente de la 10, en Guayabal, para llevarle comida y saludarlo. “Uno es mamá”, me dijo el día en que la llamé. Así vivió durante muchos años hasta que en julio de 2007 desapareció. Sus compañeros de puente dicen que se montó a un carro y dijo que se iba a trabajar a Andes. La mamá de Víctor solamente dice que quiere encontrarlo, vivo o muerto. ¿Quién más se preocupa por Víctor?
Este año que se ha marcado por los gritos de violencia, por ejemplo, se reportan muchos casos de desaparecidos por cuenta de los combos. Los familiares van y denuncian con mucho temor y confiesan entre líneas que la última vez que los vieron estaban dialogando (si es que a eso se le puede llamar diálogo) con uno o varios de los integrantes de “Los mondongueros”, los de “La divisa”, “Los machacos” o “Los totos”, todos grupos delincuenciales al mando de alias “Sebastián” o de alias “Valenciano”.
También están las mamás que van y ponen el denuncio de personas que hace 10 años no llegan a su casa, de las cuales desde hace más de 120 meses no sienten su olor, a las cuales su ropa todavía espera.
Entre todas estas historias que, como ya lo mencioné circulan entre el dolor, la desesperación y la jocosidad, transcurren unas cinco horas de mi semana laboral. No hay quién más lo haga. Muy poca gente para algo tan importante. Muy irresponsable de mi parte asumir que puedo encargarme sola.
A veces me pregunto, ¿qué más puedo hacer? Un documental, tercerizar la información en otros medios de comunicación. Por lo pronto, escribir para el blog.
Mientras tanto, en los noticieros se preguntan mucho por las víctimas del proceso de Justicia, Paz y Reconciliación. Por los que desaparecen en manos de los Paramilitares y de las Farc. Por los que se fueron y no saben si regresarán. Trabajo valioso, valiente y, a veces, también con riesgo de desaparecer.
Las cifras de Asfaddes dicen que en Colombia hay cerca de 8 mil desaparecidos. Otras instituciones dicen que no saben cuántas.
Yo, desde la silla del escritorio sobre el cual trabajo y mirando el sobre blanco producto de reciclaje de una comunicación del Astor, me pregunto ¿A dónde van los otros desaparecidos? Mis desaparecidos, les digo con cariño y rabia.

7 comentarios:

NatiGil dijo...

La labor del periodista en ocasiones nos pone ante sensaciones de rabia y dolor, sensaciones que no se van con publicar la noticia y ejercer nuestro trabajo, sino que se quedan y se acumulan con el tiempo.

Es curioso, en el Tránsito, en la misma calle de la Fiscalía y Telemedellín; también está la oficina de Paz y Reconciliación.

Primera vez que leo tu blog.

Un abrazo mongolo!!

Perla Toro Castaño dijo...

Primera vez que te veo en mucho tiempo. Me haces falta mi mongola hermosa.

bjöhnblue dijo...

Hola Perlilla, la minusvalía para arreglar el mundo y dejarlo como el lugar donde nos gustaría vivir, se atenua cuando nos liberamos del lazo del conformismo, la mediocridad y hacemos algo. Tu texto es algo, muy agradable de leer, sentido pero no fatalista, íntimo y... bueno, gracias por circularlo.
Bjohnblue

Lucas Vargas y Sierra dijo...

Buen texto.

M. dijo...

Jodido. Esta semana leí, y la noticia seguro se la comen las polillas virtuales, que en lo corrido del año van alrededor de 500 desaparecidos... Y creo que tenés la tenacidad y la sensibilidad para estar ahí detrás: creo que los escritorios lo eligen a uno. Uno de los mejores escritores de escritorio (identificado con K), comparaba su escritorios con el lecho de Procusto. Como metáfora es bastante inquietante. Mientras yo mismo no desaparezca, si vas a hacer un documental me sumo.

Aliena dijo...

Excelente!! Lenguaje sencillo, pero bien dicho... El problema es que los desaparecidos no son solo en Medellin y no solo en esta época, son todo el país, en todos los países, en todas las épocas... Incluso, nos acostumbramos hasta a desaparecernos de nosotros mismos... Tanto buscamos a nuestros seres queridos que se nos pierde nuestro propio ser...

Vivis dijo...

Hace mucho tiempo que no pasaba por aquí y me encontré con esta nota tan íntima y tan bonita. Una de las tantas facetas para entender cómo es y qué pasa en mi ciudad. Gracias