jueves, 12 de junio de 2008

Adiós a la Monalissa


Otra de esas historias sacadas del baúl familiar. Simpática, asombrosa, digna de valentía, carente de corazón y recogida con las sobras de la ignorancia.

Diente por diente a mi tía le arrancaron la sonrisa. Cuando tenía 12 años mi abuela le hizo sacar todos los dientes, uno a uno, con un solo pretexto, regalarle de cumpleaños un artículo único, exclusivo y a la moda.

Es evidente que mi tía jamás olvidó su regalo, es más, hoy a los 45 años cumplidos doña Esther Solina Castaño Gallego sigue conservando su regalo, aferrada a él día tras día le sirve para sonreírle a los muertos que arregla, hablarle a los clientes que atiende y gritarle a los guerrilleros que acecha.

Es innegable que ella es una mujer particular, su capacidad de camuflarse entre las cosas más raras del mundo es única. Vive en un corregimiento llamado Corrientes en el municipio de San Vicente, Antioquia, y en este espacio de unas 150 casas cumple diversas funciones sociales: ahoga las penas de los amantes, vela a los muertos y se defiende de los revolucionarios que apuntan en su frente pidiendo un pedazo de pan.

Digo que con el regalo que le dio mi abuela atiende las penas de los amantes porque en esa pequeña población, donde todos se conocen, mi tía es una de las personas que administra una cantina. Yo nunca he podido entender como entre menos de mil habitantes pueden haber cinco cantinas y todas estar repletas cada fin de semana, esperando la media noche para evaporar sus alientos, sacar el machete de su cinto y dejar una fina cortada en la pierna o el brazo de aquel que durante toda la noche ha mirado a su contrincante con el deseo de la muerte y el dolor de un amor perdido, casi todas las peleas son por amor. Y es que en el campo las cosas a veces son complicadas, sanguinarias y crueles; de mi infancia, yendo a visitar a mi tía, recuerdo un montón de historias de machetazos y puñaladas que si las contara ahora me confundirían con un espanto que se quedó en el sanguinario viejo oeste, en el espacio donde no hay lugar para los débiles.

En ese no lugar para los débiles que es Corrientes han aparecido varios muertos de alto turmequé, heridos también; pero lo que importa en la vida de Solina son los muertos. Ella, cada que hay uno, es la encargada y delegada de ir a recogerlo, limpiarle la sangre, hablarle, llevárselo para su casa, bañarlo, vestirlo con ropa vieja que mantiene y esperar en velación hasta que llegue el doliente.

Gracias al regalo que le dio mi abuela ella se entretiene mirándolos, les habla y se encarga de que esa noche que pasan con ella, sea la mejor noche de la vida del difunto, la primera en el más allá.

Le ha tocado “arreglar”, como dice ella, muertos de amor, muertos de rabia, muertos de venganza, muertos de susto, familiares y caídos en guerra por las ‘causas justas’ que defienden nuestros guerrilleros, y es por esas causas justas que más de una vez le ha tocado armarse de valor y, haciendo uso del regalo que le dio mi abuela, enfrentarse a los guerrilleros que merodean por el pueblo. Cuando van a pedirle comida, a reclamarle trago o a reprocharle el por qué ha recogido a un desdichado que cayó herido en la carretera, Solina les responde a la cara, les dispara con un tiro que a veces duele más: la pólvora eterna de las palabras.

Lo que le regaló mi abuela a mi tía, tras un año de robarle la sonrisa fue una caja de dientes. A la edad de 12 años Solina se quedó mueca y en los brazos gordos de una señora llamada Manuela dejó caer su cuerpo, derramó su sangre y se olvidó durante un año de lo que era sonreír. Tras superar la ausencia de su dentadura, mi abuela le obsequió una caja de dientes. Solamente porque estaba a la moda mi abuela le quitó a mi tía la oportunidad de conocer lo que era una caries.

Manuela era una señora gorda, morena, de brazos fuertes y mirada desafiante. Le arrancó los dientes con unas tenazas, la misma herramienta que se usa en los trasteos para cortar cables. El procedimiento quirúrgico fue primario, sin anestesia, a sangre viva, invasor y doloroso. El recuerdo es semejante a una guerra de entrañas que tiran de un hilo para vencer en un pantano y desfallecer en una silla de madera que, por unos cuantos instantes, reemplazó la comodidad de una camilla con sábanas bien tendidas.

Hoy, con 45 años, Solina todavía tiene la misma caja de dientes, por convicción o romanticismo nunca la ha querido cambiar y todos los días se levanta, la lava en jabón, le aplica desinfectante y se prepara para sonreírle, ya sea a un borracho, a un guerrillero desprevenido o al ángel que con un disparo acaba de reemplazar su sonrisa por el pálido color de la muerte.

7 comentarios:

Andrés dijo...

Perla, tremenda historia la de tu tía. La verdad es que no quisiera conocerla para seguir pensando que es un mito, es increible... sin palabras.

Jennifer Argáez U. dijo...

Que historiesota! Como dijo Andrés: Sin Palabras. ¿Sabés una cosa? Me gusta MUCHO el nombre de tu blog. Que nota.

el perdido dijo...

Hay Perla, hay Perla, todos en la familia tenemos una historia increible por contar. El caso es tener la imaginación para contarla. Pues la realidad parece un cuento de ficción más complicado que la existencia de Dios.
Con todo respeto, tengo una pregunta. Me inquieta saber si su tía puede comer chicharrón.

Perla dijo...

Don Perdido, si de algo sirve para calmar la inquietud, pues te cuento que en términos generales doña Solina puede comer chicharron, esa caja de dientes es fina.

PADRE RESPONSABLE dijo...

Mandale a tu tía un par de lágrimas y un aguardiente doble de mi parte. Y a vos te va un abrazo por esta historia. ¿Hay foto de Solina? Por cierto, la historia ya va a cumplir su primer mesecito de vida. Ojalá se lo celebrés con una actualización.

caruri dijo...

Perla!!!
Y cuándo vas a escribir el libro con las historias de tu tía? Le debes ese homenaje. Tienes una materia prima invaluable.
Chévere tu post. Mucho.

DanielUP dijo...

Perlina, estoy desatrasándome de tu blog y éste es el primero que agarro. Me hiciste estremecer... recordé esas tardes largas y calurosas en la clínica del CES, asistiendo a cita odontológica. Qué buen modo de comenzar mi desatrasada.