viernes, 14 de marzo de 2008

Memoria de un rostro escondido


En este noble oficio que da cachetadas con el mismo ritmo que tira besos, nadie está libre de encontrarse con experiencias que logran erizar pelos, convertir pieles en gallinas y ojos en lagunas invisibles.

Por ese capricho que tiene el periodismo de tirarle a uno la realidad en la cara, hoy salí llorando de una entrevista. Aunque el área que cubro desde hace unos ocho meses no pareciera tener mucho vínculo con los temas sociales, a cada momento me pone el freno en el zapato y termino siendo el paño de lagrimas de algún emprendedor.

Sí. Trabajo en el Portal de Emprendimiento de la Alcaldía de Medellín, soy la periodista. Hoy salí a hacer una reportería al Colegio Mayor de Antioquia para entrevistar a un decano. Donde el hombre, llegaba predispuesta porque me había dejado plantada en una cita que habíamos concretado con anterioridad.

Cuando llegué, me atendió un hombre delgado que vestía camisa amarilla y pantalones negros. Comenzamos a hablar del pregrado en Administración de Empresas Turísticas. Yo veía hablar a una persona de unos cincuenta años, tal vez más. Hablaba de turismo, hablaba de economía, pero se le sentía una tristeza en el alma, un descuido, un dejo para hablar, una nostalgia escondida.

Cuando terminamos de hablar de turismo y de las posibilidades que tienen los jóvenes de crear empresa en este campo, me preguntó por mi oficio, le dije que era orgullosamente periodista de la Universidad de Antioquia.

Él, con una actitud que más bien parecía una pausa suspendida, me pidió cinco minutos para contarme su historia.

Este hombre que hoy se esconde tras la figura de un decano es periodista y ejerció su oficio durante la época del narcotráfico en Radio Super. Era periodista judicial y dictaba clases de redacción de informes en la Policía Nacional. Así comenzó a cultivar sus mejores fuentes.

Él fue, tal vez, uno de los periodistas judiciales más reconocidos de la ciudad, e incluso la persona que le informó a Héctor Abad Gómez, antes de morir, que iban a matarlo por el solo hecho de defender los derechos de esta pobre humanidad.

Un día, los violentos le pidieron hacer pública una lista de amenazados en la emisora, él se negó y de inmediato aparecieron las amenazas. Un petardo fue lanzado en su casa y otro en Radio Super.

Fue así como terminó trabajando con J. Enrique Ríos en el campo económico, abandonó las peripecias del periodista judicial y se enlistó en el terreno de los números. Acompañado de cifras, las amenazas no pararon hasta que se retiró del periodismo.

Empezó a trabajar en la Universidad Luis Amigó y ahora labora en el Colegio Mayor de Antioquia. Varios años trabajando en el área administrativa. Varios años de una tristeza escondida.

Cuando terminó de contarme su historia, le pregunté por la posibilidad de ejercer. “Siempre he querido volver a ejercer, lo he soñado. Yo soy un periodista en la sangre”, me dijo con la mirada perdida.

“Hasta el momento he sobrevivido sin el periodismo gracias a la lectura”, concluyó. Solamente de ver su rostro se me aguó el corazón. Respire, le di un beso en la mejilla y salí. Me marché del Colegio Mayor llorando pero sé que a este rostro escondido del periodismo el llanto se le quedó pegado del alma.

2 comentarios:

Jenny Giraldo García dijo...

Perla, qué historia maravillosa. Es lo bonito del oficio que elegimos: no da mucha plata pero sí muchas historias, que uno nunca se imagina que ahí están escondidas. y qué bello personaje el que desenterraste. Un abrazo!

Mauricio dijo...

Perla, tremanda historia la que nos muestras... me dejas pensando mucho con lo que escribes... definitivamente cualquiera no es periodista.