jueves, 4 de octubre de 2007

De cosmo a banconauta caída de la luna







Una experiencia cósmica de cómo crecer sin morir en el intento. Nunca antes fue tan difícil tener cédula de ciudadanía


Ir a un banco, pasarse por una EPS o tratar de conseguir un trabajo nuevo siempre será una experiencia cósmica, cargada de estrellas y devoluciones espaciales que se pasean lentamente por un pensamiento insaciable de burocracia y pesimismo.

Mi cédula de ciudadanía se la debo a los regaños de mi mamá y a la necesidad de clasificación de la Universidad de Antioquia. Dicen que me hice mayor de edad a los 18 años, ahora tengo 21; pero, conforme pasan los días la realidad se encarga de estregarme en la cara que todavía soy una niña.

Busco la explicación en mis piernas cortas, los dedos delgados, mi apariencia ‘bonsaica’, una reducida huella digital y la compota con la que me alimentaron en mis primeros días de vida. Tampoco la encuentro.

Recientemente tuve un problema con mi cuenta de ahorros en Bancolombia. Me están sacando 1.500 pesos por retiro más una comisión por IVA. Yo sé que no soy la primera persona en el mundo que se queja de los servicios de un banco, pero si estoy segura que casi una de las únicas que tres años después de tener cédula de ciudadanía sigue siendo para el banco una menor de edad.

Para Bancolombia soy una banconauta, lo cual significa que aparezco en las bases de datos bancarias como una menor de diez años que tiene entre sus beneficios: chistes, laboratorios, álbum de estampitas y un retiro gratis una vez al mes, los demás los cobran.

A la entidad bancaria he asistido en tres ocasiones para hacer el cambio de tarjeta de identidad por cédula de ciudadanía; pero, para el banco sigo teniendo nueve años. Cambiaría los chistes, el laboratorio, el álbum de estampitas y encimaría una biblioteca virtual con tal de tener una cuenta de ahorros que hable de mi situación de empleada, proletaria, esclava y que no me haga quedar como una niña de nueve años que además tiene mañas criminales y recibe al mes más del triple de lo que puede gastarse en una lonchera.

Cómo si mi problema cosmonáutico no fuera suficiente, un día después de darme cuenta que tenía un pie puesto en la tierra y otro en la luna, asistí a Coomeva, mi Entidad Promotora de Salud. Tenía que hacer un reporte de novedad para que dejaran de atenderme en Bogotá y poder empezar a disfrutar de mis servicios médicos en la ciudad de Medellín.

¿Adivinen qué? Para Coomeva también soy menor de edad. Eso sí una menor de edad a la que le pagan salud como beneficiaria, pero, que también está en la capacidad de cotizar el servicio de salud. ¡Señores, por favor, tengo 21 años!

Ahora, sentada frente a esta pantalla hago un flash back de mi vida y contemplo la posibilidad que tuve de dejar de ser una niña cegatona con el ojo derecho tapado todo el tiempo, y haberme convertido en una pequeña’ traqueta’ que se tapaba un ojo para infundir terror entre sus compañeros.

En estos momentos no sería una banconauta sino una atracadora de bancos y andaría con pañoleta, pata de palo, un cuchillo y una espada colgada en el cinto de mi pantalón.

Tal vez este sea un llamado del destino y la próxima vez que volvamos a encontrarnos sea de una forma oculta y subterránea. Espero que ese día no tenga las rodillas raspadas.

2 comentarios:

Johansson dijo...

Hey!!! Yo conocí a esa niña.... la extraño.....

Andrés Duarte dijo...

¡Ay! Perlis...

Si por allá llueve, por acá no escampa.

Para contratar con el Estado y justificar que una minúscula (realmente minúscula) parte del erario público pase a mi bolsillo como recompensa a las largas (realmente largas) jornadas de trabajo, he pasado de fila en fila, de formulario en formulario y digitado cientos de veces el mismo número telefónico para intentar conseguir una cita en la que expidan aquel famoso documento que demuestre que no soy criminal.

Tu creces en el intento. Yo, envejezco.