martes, 29 de enero de 2019

Microhistoria: las sombras

Ceiba de 180 años en el Parque de Jericó.

Desde pequeña me han obsesionado las sombras. Las persigo, les huyo, juego con ellas, les tomo fotografías y a veces me gusta pisotearlas. Las sombras son como un recuerdo de alguien amado, están ahí pero no pueden tocarse, están ahí pero no lo saben. 


A veces las busco en los dolores para intentar mitigar el sufrimiento absoluto. En otros momentos las creo en las paredes y juego a que soy un conejo o una bailarina. Pero, esencialmente, me gusta buscar las sombras en la naturaleza, en los colores de la vida, en los árboles. Me gusta recordar, desde ellas, que vivo pero que soy pequeña y así, diminuta, me siento frente a la sombra de esta Ceiba hembra. 180 años en el Parque de Jericó, cercana pero no tanto como asfixiarse de otra Ceiba, la ceiba macho.

No se consumen; pero sí se aman. Son generosas entre ellas y ejemplifican el amor en el reconocimiento, las raíces, la supervivencia y la libertad. En el destino del otro.  

Un día morirán. Se secarán y serán solo un mito, como las sombras mismas. Un día no serán más que esta fotografía, estarán vacías y seguramente encontrarán la libertad. La sombra, entonces, es una escenificación de la emoción y en esta se sacuden la alegría, el amor, el dolor, la libertad y la humanidad. 

Jericó, 26 de enero de 2019. #Microhistorias. 

miércoles, 23 de enero de 2019

Microhistoria: "La abolita"

La Polonesa, Parque de Bolívar, Medellín

Si existe un verbo que al pronunciarse dibuja la imagen de mi abuela, ese verbo es: "tertuliar". En su conjugación se delinean tardes enteras de conversaciones, risas e incluso revelaciones. En su ejercicio pasan el tiempo y el espacio. Pasan el reloj, las salas de las amigas, los cafés, los billares, los juegos de cartas y los de parqués. Para mi abuela pasaban los rosarios, las novenas y la comida, esa forma de cariño tan presente en las mujeres campesinas. Esa que aprendí.

También pasaron los tubos de comida y las palabras que tuvo que tragarse en el hospital por no poder hablarnos antes de morir. Sus ojos, antes de que se cerraran en un adiós, siempre mostraron el deseo de alguien que quería decirnos algo, alguien que se negaba a silenciar su tertulia. 

En cada mesa de viejos siempre está ella, "la abolita" como solía decirle a ese pedacito de mujer que medía 1.40 y que siempre fue gordita como su corazón. Ella, que decían que no me quería por ser una hija "fuera del matrimonio", lloraba cada que yo me iba de viaje porque pensaba que nunca iba a volver. Un día me preguntó que si España era más lejos que Cartagena y tras la respuesta no paró de llorar hasta que regresé. 

Estas mesas, estas tertulias y estas conversaciones de Centro que jamás pienso abandonar, siempre me recordarán en la forma invisible de un suspiro las razones por las que me gusta tanto hablar. 

#Microhistorias #Medellín, 23 de enero de 2019.

domingo, 20 de enero de 2019

Microhistoria: la veranera

Centro de Medellín

Nuestro amor siempre se ha dibujado de morado. Un vestido morado lleno de minutos, así solía describirlo en el año 2015 cuando nuestra historia era solo el principio de una ilusión. 

Ha de ser por eso que la naturaleza siempre nos junta con lo oscuro; pero, también con lo profundo. Parecemos vernos, pero a veces también nos apagamos. 

Ese color, el morado, es como un regalo para nuestro amor, uno de esos que se conecta con la magia; pero que a su vez nos exige creatividad para enfrentar a diario el hecho de vivirnos. Ese que han elegido para representar la dignidad, esa que a ambos nos resulta irrenunciable y que nos recuerda que siempre somo un 'cada uno' por separado, aunque hayamos decidido caminar juntos. 

Nuestro amor es uno de verano. Nuestro amor es una veranera que se alimenta del sol cada mañana, de la posibilidad de un desayuno juntos. Es un curazao que valió 80 mil pesos en San Alejo, que casi no logramos transportar en un taxi. Es una planta que por temporadas parece marchitarse pero que, días como hoy, exhibe con elegancia y belleza el regalo de la casualidad, ese que hace honor a el instante que nos ha permitido estar juntos. 

#Microhistorias. Medellín, 20 de enero de 2019. Para Iván.  


Microhistoria: la puerta

Teatro El Trueque

Si el mundo fuera una casa vieja -como tal vez sí lo sea-, nosotros seríamos una puerta de dos alas.  Creemos que no pasa nada cuando las cerramos y con especial ironía las entendemos como caminos que representan nuestras decisiones. Como nosotros, y como la vida misma, las puertas son contradicciones difíciles de resolver. 

Esta puerta, que no parece una pero que sí parecen dos, abre, por ejemplo, caminos a vidas imaginadas e inimaginadas, a otros mundos, a espejos que dibujan realidades. 

Pero, estas puertas, además, mantienen vivo el corazón de una ciudad. Una que entre ruidos y helicópteros parece negar que estos pedazos de tablas son parte de su historia. Una en la que la madera ruge y reclama mientras que los edificios le ordenan una identidad de cemento. 

#MicroHistorias 

Medellín, 18 de enero de 2019.

miércoles, 16 de enero de 2019

Microhistorias: El balazo

Ciudad del Río


Algunos rumoran que quiere suicidarse. Ella, sin escucharlos, busca la oscuridad como refugio. 

¿Quiere autodestruirse? Hay en la comunidad científica quienes afirman que es suicida y no en vano, como aquellos que somos capaces de morir por la vida, adorna detalladamente las calles de Medellín. Le decimos 'la hoja de balazo' y es el único balazo que quisieramos escuchar en la ciudad. 

La realidad, cruel, se empeña en ignorarla y nos aturde con sus sonidos reales que arrastran con otras balas vidas sin control, sin sentido, con dolor. Balazos menos verdes, menos luminosos.

Pero ella, a quien también le gritan 'monstera deliciosa', 'costilla de Adán' y 'manos de tigre', no se rinde y sigue buscando, entre los más grandes, alguna forma de sobrevivir. Aunque le falta la luz, lo logra en los espacios menos luminosos de la naturaleza.

Su paso por el mundo le deja ciatrices, tiene varicela; pero, aún así, decide cobijar a esta ciudad que tiene dientes y que a veces pasa como un gigante mordiendo cada uno de sus filos. #Microhistorias. 

*Curiosidad: Junto a algunos musgos y helechos, la 'monstera deliciosa', de donde sale 'la hoja del balazo', es una planta capaz de sobrevivir y de crecer en la oscuridad, con los valores lumínicos más bajos. Es una planta valiente, que sabe adaptarse a la crueldad y a la ausencia de la luz. Medellín, 15 de enero de 2019. 

lunes, 14 de enero de 2019

Microhistorias: El Perpetuo

Barrio El Perpetuo Socorro

En la cocina de mi casa en Rionegro, una que era grande, café y vieja, siempre se dejaban apreciar las imágenes de tres santos: San Cayetano, para que nunca faltara la comida; San Roque para acompañar a los pobres y a los enfermos y la Virgen del Perpetuo Socorro para salir de los apuros económicos. Como puede leerse, un círculo celestial bastante cercano a la comida y ha de ser por eso que en mi familia cualquier discusión acolarada es posible, menos aquella que involucre un pedazo de pan. Esas son sagradas porque la única opción es compartir. 

Alejada de las ideas católicas que quisieron infundirme de niña y más convencida de la humanidad que de las creencias religiosas, hoy entiendo estas historias como parte de ese que podríamos llamar "ADN cultural" con el que cada una de nuestras familias terminan de moldearnos. Ni bueno ni malo, simplemente parte de una existencia en la que se incuban otras sensaciones como la curiosidad. 

Amo entrar a las iglesias por primera vez. Pedir un deseo, observar la arquitectura, evaluar la acústica y dejarme sorprender por las pinturas y esculturas, son rituales morbosos que pelean constantemente con mi insistencia a no profesar un credo y #Medellín tiene algunas que me obsesionan. 

Por más que he recorrido las calles hay iglesias que parecen reservadas para momentos especiales: San Antonio, una capilla que queda en la Universidad Autónoma, la del Sagrado Corazón en Barrio Triste y la del Perpetuo Socorro son cuatro buenos ejemplos para definir el misterio camandulero de la ciudad. 

Un #grafiti le da hoy la bienvenida a la última, iglesia que nunca he visto abierta y a la que dios, si es que existe, parece reservarse el derecho de admisión. Por ahora me conformo con imaginarla como a un icono pop. Tal vez en mi cocina, también pongamos una imagen de Andy Warhol y alabemos la existencia de algo divino con un buen rap celestial.

Medellín, 14 de enero de 2019. #MicroHistorias

Microhistorias: los artistas

A mi padre, Ernesto, uno de los dos que tuve; pero el único que de verdad conocí, no le gustaba rezar. A pesar de todo, ese no fue un impedimento para que, cuando sintiera miedo de la muerte, se aferrara a las iglesias con la esperanza que buscan los viejos de encontrar una inesperada redención. Ese querer pasar como un camello por el ojo de una aguja.

En el afán de encontrar el camino que volviera más corto su paso por el infierno, Ernesto eligió la iglesia de San Ignacio, en el centro de Medellín, como el templo que guardaría sus esperanzas de encontrar la salvación... un cielo, si era que ese existía.

Por eso, cada que paso por la Plazuela -que es casi todos los días- suelo recordarlo con una sonrisa complice: "¿Será que lo logramos viejo jodido?", me pregunto.

Miro el Claustro de Comfama y el Paraninfo de la Universidad de Antioquia, como una quinceañera enamorada, suspiro y apuro el paso porque me propuse utilizar más el transporte público en 2019 y trabajo en el sur.

Acelero; pero, me gana la curiosidad. Observo una fila y tomo un par de segundos para recordar: esta parece la foto de toda la semana en San Ignacio. Todos los días, a las 6:30 a.m. -seguramente desde antes-, varias personas se organizan una detrás de otra para armar lo que en Colombia llamamos 'filas indias'. Levanto la cabeza para mirar la fachada, es Servimédicos, una prestadora de salud que garantiza que puedes ocupar una plaza laboral, de esas que califican como un juez si eres apto o no.

El paisaje sonoro arrastra el acento venezolano, celebro la difrencia que por primera vez cobija a este pueblo tan acostumbrado a sus montañas, esas que amamos; pero, que también encierran nuestros pensamientos. Hay uno que otro bogotano y también se dejan escuchar algunas palabras en 'costeñol'. Todos buscan un trabajo y en la primera semana de enero una salvación. Comparten sus esperanzas y hacen cuentas de lo que harán.

Un letrero que nombra esta calle como 'la de los artistas' (tambié se lee aristas) me separa de este cuadro de realidad mientras elaboro preguntas en mi mente: ¿dónde están los artistas? Seguro son ellos, me respondo.

Tal vez, al final de la mañana, mi padre no fue el único que escogió a San Ignacio para su salvación.

Medellín, 11 de enero de 2019. #Microhistorias. 


Plazuela de San Ignacio

miércoles, 27 de diciembre de 2017

Corrientes

Foto: Perla Toro 
Con la sensación apacible de quien ha vivido pocas horas solía sentarme durante tardes enteras a observar los verdes de las montañas de Corrientes. Con los pies colgando en un pedacito de tabla que durante más de 30 años ha fingido ser una banca, en ese mismo pedacito de tierra que durante décadas ha querido ser un parque, dejé volar todos mis sueños de infancia. Se ahogaron en copas de aguardiente. Se metieron dentro de sombreros blancos. Se escondieron como notas musicales en conversaciones foráneas, en cantos campesinos.

Corrientes fue el primer lugar del mundo del que me enamoré. En días de cuentos de princesas siempre preferí sus árboles de guayabas y sus ríos solidarios. Cientos de veces le dije que no a las vacaciones en Medellín para dejar que mi corazón saltara, tras dos horas de camino en una carretera sin pavimentar, al ver ese letrero que casi en el comienzo del cielo, bordeando una colina, dejaba claro el nombre de esa que ha sido por años mi palabra favorita: “Corrientes”, que corre, que fluye, que electrocuta, que no da lugar a la quietud. Al menos en mi imaginación.

Foto: Perla Toro
El nombre de este corregimiento del municipio de San Vicente, en Antioquia, el mismo donde nacieron mis abuelos, mi mamá y casi todo lo que amo, fue la primera imagen que tuve de una tierra que a lo lejos parecía una profecía. Muy cerca del techo de la Tierra, con piedras pintadas de blanco por los estudiantes de su colegio, exponía – aún lo hace - su nombre, el mismo del cual se desprendía una pequeña cascada. Más tarde vendrían a mis ojos otros anuncios más pomposos; el de las ya apagadas letras del Coltejer en las montañas de Medellín; y, en las películas, el elegante Hollywood. Pero, ninguno de los dos últimos, mi tierra prometida.

También fue Corrientes el primer lugar donde me enamoré y el mismo en el que conocí las penas de amor. Fue entre canciones, fue en esa improvisada banca. Con los pies colgando sentía morir mi corazón infantil en las penas de Julio Jaramillo y tarareando sus letras, imaginaba cómo habría sido el día en el que el cantante, del cual en 1990 no tenía ni idea que era ecuatoriano, había conocido el pueblito.

Si las peleas con machete separaban a Corrientes, Julio Jaramillo nos unía en sus canciones: “Que si estoy en Corrientes, que si estoy en Palermo, por todo Buenos Aires, conmigo siempre estás”. Juré por años que ese Corrientes nostálgico era el mío, el de mis montañas, mis quebradas y cascadas; mis alegrías. Conocí de frente la desilusión el día en que me enteré que Julio Jaramillo jamás había estado en Corrientes, al menos no en el mío. Entre lágrimas aprendí a identificar el mapa de Argentina. Busqué respuestas en ese Buenos Aires y una vez más hallé el hilo de la nostalgia. Tal vez eso sea lo que une al nombre, corrientes de melancolía y de tristeza que fluyen para terminar en la más bella creación.

Hace poco más de un mes, por cuenta del caprichoso destino, conocí la calle Corrientes, en Buenos Aires, en Argentina. Parada en una de sus esquinas, donde las montañas se reemplazan por librerías y los ríos generosos por teatros donde en vez de agua fluyen montones de gente; viajé aceleradamente en el tiempo, me senté en esa banquita y con los pies colgados dejé salir una sonrisa de mi boca, una risita socarrona, cómplice y enamorada.

Ese día, acompañada de personas a las que también amo, volví a sentir en mis ojos la ilusión por un lugar. Como aquella que ha amado durante el tiempo, volví a extrañar mi pueblito, la banquita, el letrerito. Ese mismo conjunto de casitas que poco he visto cambiar. Reviví la nostalgia por el cantadito de sus gentes, el tinto con aguapanela, el olor a leña y ese universo de verdes que solo la evolución puede explicar en nuestros ojos.

Regresé a Corrientes, al amor. A ese pequeño lugar del que mis historias nunca podrán salir y del que mi corazón nunca podrá escapar. Las mismas montañas donde mi muerte quisiera comprar su boleta de reposo. 


Somos la generación que siempre regresa a la infancia.

viernes, 27 de octubre de 2017

El accidente


Bogotá, 25 de octubre de 2017, 4:00 p.m. Cinco años y dos días después de que la siguiente foto circulara en la web. (Antes de leer, tenga en cuenta que esto no es periodismo, es una historia producto de la casualidad).





 
“Yo amaba tanto a mi institución que por ella me quedé sin familia”. Todavía tengo esas palabras dibujadas en mi cabeza. Fueron producto del azar y salieron de la boca de Cristian Eliecer Acero Torres, un taxista bogotano que cinco años después de haber sido destituido de la Policía Nacional me recogió, como hubiera podido hacerlo cualquier otro, en la puerta de la Universidad Externado de Colombia. Su misión era sencilla: llevarme a mi casa antes de que comenzara el trancón que día tras día se apodera de la Avenida Calle 26.

- “Tome la Circunvalar y luego la 26”, le dije.
- “¿Le incomoda si me voy por la tercera y le pongo gasolina al carro?”, me preguntó.
- “Todo bien. Tranquilo. Prefiero parar a que nos varemos”, le contesté.

Tomamos la ruta indicada por el hombre. Puedo recordar la impresión que me causó ver su motilado casi perfecto. De sus patillas delineadas y su camisa que parecía recién planchada se desprendía un olor intacto al que podría llegar a tener en mi imaginación la disciplina. El taxi, como pocos en esta ciudad, tenía un olor neutro. La silla del copiloto estaba en una posición de disponibilidad bastante extraña para Bogotá. Era una casa amarilla en orden.

Muy cerca del Chorro de Quevedo un camión lleno de hombres que ayudan con la recolección de basuras en las calles nos saludó. Seguimos el camino.

- “¿Ya va a descansar?”, me preguntó.
- “Sí señor”, le respondí.
- “¿Y usted es alumna o trabaja en esa Universidad?”, indagó.
- “Yo. Yo realmente soy periodista y trabajo en El Tiempo; pero, todos los miércoles llevo un curso de narrativas transmedia en esta universidad”.
- “Ah, en El Tiempo. Allá trabajaba una gran amiga mía como fotógrafa”, me contó mientras entraba a la bomba de gasolina.

Tanqueó 20 mil pesos porque no tenía más plata. Le agradeció al señor de la gasolinera y volvió a tomar el camino indicado. Siguió manejando en silencio; pero, como la curiosidad ha matado a más personas que a gatos le pregunté que si su amiga era Claudia Rubio, porque es la única mujer fotógrafa del medio. Me dijo que no, que se llamaba Ana María García.

Como si un bombillo hubiera iluminado mi cabeza destapé esta boca que tengo y que a veces es incapaz de conectar con el cerebro:

- “¡Ah claro!, yo no la conozco, pero esa fue la fotógrafa a la que hace varios años un desgraciado de la policía tiró al piso en Transmilenio, la golpeó y no la dejó hacer su trabajo. Señor, ¿usted se acuerda? Esa foto fue muy famosa. ¡Es que en este país no hay ni libertad de prensa y estamos pailas de instituciones! ¿Sí o no?”. Me destapé.

Cristian Eliecer, el de la camisa bien planchada, se quedó silencioso y siguió manejando. Insistí en preguntarle que si Ana María era muy amiga de él y de pronto me contestó:

- “¡Claro! Es tan amiga mía que por ella, hace cinco años y dos días, me destituyeron de la policía”.

Con el silencio que solo una persona que entiende que acaba de meter las patas puede sostener, dejé avanzar unas tres cuadras de camino. Arrepentida por no haber entendido la ironía, retomé la conversación.

- “¿Ahhhh, cómo así, entonces usted es el policía de la famosa foto?”, cuestioné.
- “Sí profe, mucho gusto, yo soy el hijueputa de la foto”, contestó mientras se reía.
- “Oiga, pero venga, a todas esas, ¿cuál es entonces su versión de los hechos? Porque para todos  nosotros usted es un desgraciado”, volvía la imprudencia a reinar por el camino.

Cristian tomó el control de la situación y me contó su verdad. Según él, sus razones correspondieron a la prestación del servicio.

“Estábamos en una escena de los hechos y ya todo el lugar estaba acordonado. Luego de que un lugar está acordonado nadie puede entrar, porque puede alterar las escenas, ni siquiera un periodista. Una fotógrafa comenzó a meterse dentro de la escena y aunque varios compañeros le advirtieron tres veces que no podía hacerlo, ella insistía en hacerlo.

A todos nos llegó un mensaje por el radio donde nos decían que la teníamos que sacar  y yo me la encontré y le pedí que se saliera. Cuando se lo pedí me dijo cosas como ‘policía corrupto’, ‘hijueputa tombo que no deja trabajar’ y ‘asesino’. Luego comenzó a pegarme y tuve que tomarla por detrás para que no lo hiciera más. Mientras la sacaba de la escena, nos tropezamos y caí sobre ella, quien estaba acompañada de un practicante que tomó las fotografías que luego se hicieron tan famosas”.

Un mes después Acero Torres fue destituido por abuso de la fuerza y, entre otras cosas que él dice aún no poderse explicar, haber permanecido 15 segundos reteniendo a una periodista . “La destitución más rápida de la historia de la Policía Nacional”, afirma. Agrega: "fueron 15 segundos mientras me paraba y nunca lograron explicarme en qué parte del código decía que el abuso de la fuerza comenzaba en 15 segudos".

Le abrieron tres investigaciones: una militar, una ante la Fiscalía y la disciplinaria dentro de “la institución”, como él mismo llama a la Policía. Las dos primeras fueron cerradas y la tercera firmó su salida del lugar donde trabajó por más de 15 años. “Yo luego me enteré que la investigación había corrido tan rápido porque la señora García tenía un muy buen amigo dentro de la Policía. Un superior que me destituyó y que hace pocos años fue retirado por paramilitarismo”.

Cruzamos la Universidad Nacional y le pedí comenzar a tomar la derecha para girar por el puente de la 50.

- “¿Y qué se puso entonces usted a hacer después?”, le pregunté.

Tomó tres respiraciones y, como si se tratara de una clase de yoga, inhaló y exhaló durante varias ocasiones. “Mmmm pues yo salí de la Policía con una mano adelante y con otra atrás. Acordándome de mi primer matrimonio, el mismo que se me acabó por estar dedicado 24 horas a ser un oficial. Cuando me destituyeron, además de llorar, me metí en un negocio de un restaurante de comida de mar en Fontibón; pero, me estafaron y quedé con una deuda y sin trabajo. Hace dos años estoy manejando taxi, me toca liquidar diario 120 mil pesos, pagar la gasolina y con lo que queda vivo. Hace una semana mi segunda esposa se cansó de la situación y también me dio la noticia de la destitución”, volvió a suspirar; pero, esta vez con un dolor de esos que solo puede dejar en evidencia la respiración.

Sentí algo de compasión y pensé que no tenía razones para sentirme culpable de ello y preferí pensar que en cada historia siempre existen muchas verdades. También suspiré. “Pero siga la vida, siga caminando, siga luchando. Seguro usted tendrá sus propias reflexiones; pero, no se rinda”, le dije.

- “Sí profe… y muchas gracias por no haberme juzgado”, me contestó. Nunca quiso referirse a mí como periodista.

Llegamos a mi casa. Nos dimos cuenta que entre la conversación se nos había olvidado prender el taxímetro. Cristian me dijo que le pagara lo que normalmente me valía la carrera. Le pagué un poco más de lo habitual. Nos despedimos con un gesto de esos que solo dos personas que acaban de vivir un momento extraño pueden entender y entré al conjunto donde vivo. Volví a buscar la foto y ahí estaba Cristian, con sus patillas casi perfectas, sobre Ana María. Preferí no pensar nada más.  


*Aclaración pertinente: lo que usted acaba de leer no es un artículo periodístico, no tiene fuentes confrontadas y no hace parte del ejercicio profesional que desempeño en la empresa para la cual trabajo. No es más que un ejercicio de escritura producto de una casualidad. No conozco a ninguna de las partes involucradas. Lea bien: esto no es más que vida cotidiana.

martes, 6 de diciembre de 2016

Si hubieras visto esto papá…

Bogotá, 6 de diciembre de 2016

Society 6


Un día, sentados en ese sofá rojo donde siempre te recuerdo, me dijiste: “Vos creés que si te la pasás detrás de mí yo no me voy a morir”. Recuerdo que me estabas regañando. Refutabas el hecho de no haber querido aceptar una beca en México por temor a que te murieras.

Ese día, sin saberlo, me enseñaste que el amor no era otra cosa que libertad y que la muerte, esa pelona de dedos largos, no era más que el miedo de aquellos que no terminan de entender la vida.

Conversando en ese sofá donde recostabas tu cabeza para escuchar música clásica, me enseñaste a volar y, aunque tus pulmones comenzaban a ponerse duros y tu corazón iba dejando de funcionar como un reloj con pilas viejas, me mostraste el camino de tu muerte.
  
Me dijiste que la muerte era algo natural. Esa sentencia que suena tan obvia y que todavía hoy es tan compleja de comprender. Me desojaste el mundo como un enamorado a una margarita; pero, a punto de caerse el último pétalo, se te olvidó hablarme de una cosa: de la muerte sesgada, de las caídas no naturales de las vidas, de la proyección de las sombras huidizas. Se te olvidó hablarme de la muerte no natural.

Tu muerte ya casi cumple seis años. Siempre la miro como a un niño y si mis cálculos no me fallan, el 24 de febrero de 2017, vas a ingresar a primero de primaria. Hay quienes durante todo este tiempo me han preguntado si sueño contigo. Si me hablas a través de los sueños. Con un poco de ira, respondo que no.

A veces envidio a mi mamá porque si los sueños son una forma de comunicación, no te gusta hablarme a mí y a ella sí. Siento celos. Me pregunto ¿por qué? Y encuentro un poquito de consuelo en saber que no quieres que al despertar vuelva a vivir tu muerte. No quieres que vuelva a llorar por la ausencia de tus abrazos.

Pero anoche, papá, rompiste con ese protocolo. Tuvieron que pasar cinco años, dos meses y 18 días para que quisieras hablarme. Anoche, papá, te volví a ver luego de aquella mañana. Hoy, papá, me levanté exaltada porque me estabas cuidando. Anoche, papá, tenías miedo de que yo me muriera.

Ignoro cuál fue el preámbulo; pero, anoche apareciste en Rionegro. Yo tenía cinco años y corría con mi ojo tapado la media cuadra que puede correr una niña bizca sin caerse. Tenía uno de esos vestidos de repollo que tanto odiaba y ese pelo rubio y largo del que mi mamá parecía disfrutar más que yo. Como siempre, le hablaba a desconocidos, con esa inquietud que tenemos los niños que vemos el mundo por un solo ojo. Con esa curiosidad de aquel que tiene que imaginarse la otra mitad.

Entre esos desconocidos había una sombra que aún no logro identificar. Tal vez era grande o quizá pequeña. Caminaba con los hombros y la cabeza hacia adelante, era capaz de llevarle la contraria al viento.

¡Lo golpeaste! Lo golpeaste papá. Le pegaste un puño en la cara a ese desconocido. Luego me abrazaste y me hiciste prometerte que nunca más me acercaría a los extraños.

Me desperté exaltada papá y entre la derrota de volver a perderte y la humedad que brotaba de la parte trasera de mi cuello, ratifiqué la promesa.

Luego volvió el sueño turbulento. Mientras dormía sentí mucho miedo y aunque lo intenté, no volviste a aparecer.

A las 4:30 a.m., intenté pararme de la cama y mientras luchaba para que mi cuerpo estuviera de pie, mis manos comenzaron a ponerse frías. Mi piernas también. Como ya sé lo que trae una disautonomía cardíaca después, me senté en la cama. Luego la cabeza sintió humedad y lo demás fue oscuridad.

He pasado todo el día con mareos y la presión no ha logrado superar los 100/50. En medio de las vibraciones del celular y de quienes acalorados piden que trabaje desde la casa me la he pasado intentando comprender qué querías decirme anoche. ¿Por qué tenías miedo?

En la tarde, mientras reviso las noticias del medio para el cual trabajó, he vuelvo a ver las luces que alumbran una idea de justicia para una pequeña que murió, violada y asesinada el día domingo. Mientras miro fijamente la imagen, pienso, ¡si hubieras visto esto papá!

Tal vez nunca entienda qué pasaba por mi cabeza para soñarte de esta manera.  Quizá nunca más vuelva a soñarte, pero me conformo con la bella idea de saber que aún puedes abrazarme.


Tu lombriz. 

domingo, 4 de septiembre de 2016

El azaroso arrepentimiento

“Nunca preguntes el camino a alguien que lo conoce, porque entonces no podrás perderte”. 
Rabí Najman de Breslav, cuentos. 

Rocío Caballero 
Me acuerdo de que, la noche antes de la primera conversación, él y yo habíamos hablado de la eternidad. Era complicado: mientras sus ojos, selvas oscuras, hacían el único voto que un no creyente puede hacerle al infinito; los míos, víctimas del gusano de la conciencia, negaban una proyección que fuera invisible a aquella que solo los ojos conocen.

Pese a todo, las cosas podían arreglarse. Conversábamos en las memorias de otras noches, repasábamos los momentos que habíamos encontrado. Mirábamos el futuro sin tener acceso a lo absoluto… ¿y qué pasa si las historias no vuelven a cruzarse? Podíamos seguir siendo amigos. Todo parecía claro; sin embargo, era triste. 

Presos de un flechazo en el que ambos parecíamos encontrar interés: la conjugación del verbo ignorar, seguimos con nuestras vidas. El don de permitirse vivir sin culpa y sin prisa. Cenábamos en la oscuridad. Fumábamos, bebíamos y reíamos. Hacíamos el amor en las tardes, en las noches y en las madrugadas. Hacíamos el amor a contratiempo. El mundo tenía la suerte de habernos encontrado y no nos conformábamos, deseábamos más. 

No sabemos bien en qué momento la eternidad volvió a interrumpirnos. Pudo ser un miércoles. También un viernes o una mala idea para un sábado. Él se encogió de hombros. Yo también estaba harta. Mentíamos por omisión y en un silencio cómplice decidimos ignorar otras presencias. Apareció entonces la costumbre. Nunca nadie es tan “perfecto” como para excluirla de las demás opciones. 

De la mano de la instalada y solitaria tradición, sin intento alguno por razonar, se situaron otras preguntas. Algunas de ellas ya respuestas. Otras, con una pronunciación casi evidente. 

- “¿Podrías serme fiel toda la vida?”, me dijo. 
- “No”, le respondí. “Podría serte leal”. 

Sin sorpresa alguna, cerró sus ojos. Le expliqué pacientemente cuánto lo amaba y por qué las promesas no había que burlarlas.  

- “La desilusión no es más que el producto de una gran expectativa”, le dije. 

Aunque le costaba aceptarlo, sabía que toda promesa emocional traía consigo un fracaso. Guardó entonces silencio y se entregó al camino de la aceptación. O mejor, al de la incertidumbre y la búsqueda de una respuesta que luego encontraría en un vago recuerdo de la mujer a la que un día, por primera vez, amó. 

- “Fidelidad a las pequeñas cosas”, fue su única conclusión. 

Pasaron los días y, como fantasmas de una sonrisa, llegaron las dudas. Posadas en una rama desconcertante, de lógica quebrantable, reinaron con ellas los deseos físicos y químicos. Los apetitos concretos. 

Como las fórmulas matemáticas fueron calculados y ejecutados entre la sólida Tierra y un reino animal de posición ventajosa en el universo. 

Se hizo entonces el deseo rápidamente. Se hizo compulsivamente. Se hizo deliberadamente. Pero, sobre todo, se hizo vagamente.  Se hizo el deseo por compatibilidad de caracteres, por pedazos de pixeles, entre canciones que evocaban el principio de un viaje que no llegaría a un final. En última instancia, se hizo el deseo, lastimosamente, ilógicamente. 

No se regularon pasados ni creencias. Pero sí se sacrificaron individualidades deseadas. Se declararon principios de no satisfacción. Quedaron en evidencia murmullos de otras camas. Ojos reclamantes, denuncias de villanos y determinaciones no serenas. Como consecuencia de un deseo liberado entre las páginas de un libro que todos leían, llegó el arrepentimiento. 

Como si se tratara de tiempo drogado, intento recordar qué pasaba mientras tanto y, en la medida en que la cinta avanza, también trato de olvidarlo. El arrepentido carga con la influencia de los vastos y abrumadores sistemas que imponen la culpa. 

Volvieron los días de calma y con ellos las palabras inconclusas. En el agua de nuestros ojos, pozos simbólicos, reinaron las impresiones y las verdades. En su imaginación, fui libre. Pero, dentro de mí, esa incontrovertible estructura cósmica, fui tonta. Estúpida e imperdonable. Una geografía indagada que, en la incapacidad de utilizar palabras, no quisiera volver a explorar. 

Aún no existen las promesas entre nosotros. Y no existirán. Ausentes  de poemas y de verdades, seguimos nuestra vida centímetro a centímetro. Hablamos de quedarnos en la cama, lejos de los llamados del mundo. De amarnos, místicamente entrelazados, de amarnos más allá de las convenciones. 

… Pero la vida, no tiene finales redondos y ahora su teléfono no para de sonar. 

viernes, 26 de febrero de 2016

Cruces sin cristos

Los años de indecisión y de pensamiento no desaparecen porque así lo decreten o les convenga a los que persiguen la coherencia. Simple y vagamente, se van. 

Ilustración: autor desconocido, encontrada en Tumblr.

Justo el día en el que los católicos acostumbran marcar su frente con una cruz, decidí bordar en mi cuerpo el símbolo del pecado. La señal atraviesa mi ombligo de izquierda a derecha y del centro hacia abajo. Porque polvo fui; pero, no por eso el polvo lo convertiré. 


El miércoles 10 de febrero de 2016, a las 6:30 de la mañana, autoricé a un médico de Profamilia para que ligara mis trompas. El procedimiento incluía otros verbos como cortar y cauterizar. A las 8:00 a.m., aproximadamente, y mientras un grupo de jóvenes protestaba frente a la sede del polémico instituto, sentencié a muerte la idea de maternidad. Al menos en lo que respecta a mi galaxia. 

Imagino que mientras yo viajaba por los efectos alucinógenos de la anestesia general, ellos – los jóvenes que protestaban con velas – veían la culpa todo el tiempo. Acostumbrados a ella y orgullosos de su habilidad para desafiar lo que en el estómago produce, prometen velar su idea durante 40 días, “40 días por la vida”. 

Sin mayor posibilidad  de reflexionar, me abstuve de tomar sus caminos y descalificando cualquier comentario, cercano o ajeno, le entregué mi cuerpo a uno de los actos más condenados dentro de la que podría considerarse: “la política pública para ser mujer” aprobada por las damas, en mi caso, antioqueñas. 

Esas mismas que consideran la adopción un camino equivocado porque: “Uno no sabe eso cómo irá a llegar de dañado. Con qué mañas”. Round número uno: “Los humanos como un eso”. 

Parágrafo 1: las críticas llueven

Desde que tenía unos 18 años comencé a construir mi propio discurso de la no maternidad. De la mano de esa edificación hubo comentarios que nunca desaparecieron: “Estás muy joven como para pensar en eso”. “Vos ni sabés lo que estás diciendo”. “No diga nada que dios la va a castigar con unos cinco pelaos”. Round número dos: los hijos como castigo. 

A medida que el tiempo transcurría la idea se volvía más fuerte y pese a que me encanta cargar bebés, tomarme fotos con ellos y asombrarme con la forma cómo sus sentidos reciben el mundo, el discurso era el mismo: “Lo que mi cuerpo creará no serán humanos”. Pero, como el dinosaurio, las críticas siempre estaban ahí. 

Mis parejas pueden decir de mí que estoy loca. Que soy una impulsiva manipuladora. Pero, jamás, que quise hacerles padres sin consideración alguna. 

En la década de mis 20 años terminé el edificio y a los 28 años hice mi primer intento por firmar la “esterilidad”, palabra muy fea pero que describe bien la situación. Primero lo intenté por la EPS; pero, algo le decía a los médicos que mi estado mental no era el mejor. Sugirieron que, para asegurarme de que estuviera tomando la decisión correcta, debía visitar un par de psicólogos y unos cuantos psiquiatras. Round número tres: la idea de la no maternidad como un estado de locura. 

Convencida de no someterme a tan humillante reallity, tomé la decisión de esperar a cumplir mis 30 años para cerrar el camino. Con o sin aprobación de la EPS, pagado o no pagado por mí. 

Durante esos 24 meses encontré una luz, Maritza. Ella me contó de Profamilia y de la facilidad que ofrece dicha entidad a la hora de decidir una tubectomía, ese es el nombre elegante. 

¡Mujeres! Profamilia es respetuoso. Una entidad que informa sin pretensiones morales y que, lo único que exigen es una consciencia de que esta es una decisión propia, de nosotras, quienes podemos gestar. No se dejen engañar por los miedos que otros quieren infundarnos cuando, al tratarnos a todas como unas “adolescentes descontroladas”, nos dicen. “Eso no te lo hacen tan joven”. Knockout número uno: hay quienes nos respetan. 

Parágrafo 2: de mulas y de mitos

Una vez tomada la decisión empezaron los momentos incómodos. Pese a que la única persona de la cual me importaba su opinión: mi mamá, siempre estuvo de acuerdo con la decisión, no se hicieron esperar las opiniones no pedidas y descontroladas. 

Inicialmente pensé en omitir los detalles de la cirugía. Pero, a la primera respuesta de: “Me voy a poner tetas” me sentí tan ridícula que a todo aquel que me preguntaba le contestaba: “Me van a castrar”, sin discusiones biológicas, todos comenzaron a entender de qué se trataba el procedimiento. 

Me dijeron desde: “Vas a quedar estéril como una mula” hasta, “¿y eso si te lo cubre una incapacidad siendo una decisión tan personal?”. A esa última persona le dije que estaba cambiando cuatro días de incapacidad por más de 60 de licencia de maternidad, lo cual representaba por lo menos un ahorro en 56 días de trabajo. 

De nuevo me dijeron que me iba a arrepentir, pero esta vez cuando tuviera una pareja para darle un hijo. Round número cuatro: los hijos como una forma de complacencia femenina a lo masculino. 

Entre las listas de enfermedades quedaron consignadas: cáncer de cuello uterino, un no sé qué en la matriz y hasta depresión cuando viera caminando a un infante. 

En el último mercado mi mamá no me compró toallas higiénicas. Al preguntarle por ellas me dijo: “¿Cómo así y es que eso no es como con las perras?”.

¡Mujeres! Seguimos teniendo una vida sexual normal –incluso mejor-, nuestros períodos siguen llegando cada mes y  también sufriremos de menopausia. Mi piel tampoco envejecerá y mi cabello no se secará. 


Parágrafo 3: la cirugía

Cuando ingresé al lugar donde sería la cirugía había unas 15 mujeres que iban a realizarse el mismo procedimiento que yo. Todas madres. Dos de apariencia joven, una morena de caderas amplias y yo. Las demás, adultas. Una de ellas lloraba y decía que no quería operarse y que prefería que fuera su esposo el que lo hiciera, al preguntarle por qué no lo hacía él contestó: “Cada que le digo cruza las piernas y dice que qué dolor de güevas”. Round número cinco: la vasectomía también es una opción. 

Todas comenzaron a contar sus historias. Yo, expectante. “Tengo cuatro hijos que son mi vida, pero no quiero tener más y a mi marido no le gusta que planifique”. “Tengo tres y no puedo con más”. “Yo no me quería operar, pero me va a tocar con tanto muchachito”. De repente, la discusión llegó a mí: “No tengo hijos”. Reinó el silencio. 

Luego vinieron la aguja, el quirófano y la anestesia. Lo último que supe de mí fue que me preguntaron: ¿está en ayunas? Lo siguiente fue despertar en tren, viajando por algún lugar muy parecido a Machu Pichu, pero de colores rojos y amarillos. Cuando aterricé estaba en la sala de recuperaciones orgullosa de haber firmado esa sentencia que a muchas todavía les persigue el pensamiento: la decisión, respetuosa (porque no culpo a quienes sí lo hacen), de no gestar hijos para esta sociedad.  

Knockout definitivo.

jueves, 17 de diciembre de 2015

Primero, la desilusión

Origen: desconocido.

Cuando Michel Houllebecq se pone la cara de poeta, dice que “el mundo es un sufrimiento desplegado”. Desde su nacimiento, hasta su expansión, vibra el dolor y muy cerquita de su matriz la desilusión.

Remontarse al origen de ese sufrimiento: la espera es, a veces, abrir las heridas de lo que en un principio fue una ilusión libre.

El contraste entre un corazón expectante y uno oprimido, a veces desencadena en silencio. No hay que desdeñar de los que, prudentemente, se resienten con la vida, no hay que inventarse formas poéticas de sobrevivir.

Si se permanece honesto y humilde con ella - la vida-, quedarán entonces dos representativas figuras: una ausencia de palabras que no puede conjugarse y una devoción que en forma de preludio busca el futuro.

Lo importante, a la hora de entender que hay caminos que se encierran, es mantener la pasión, al fin de cuentas, la ilusión es también un particular componente de los escasos momentos de calma.

Como dice el mismo Houllebecq: “No temáis a la felicidad: no existe”.

lunes, 9 de noviembre de 2015

Del sin sabor de la ironía

Sábado, 7 de noviembre de 2015 
10:45 a.m. Centro de Medellín. 



Tres niños sentados en una esquina de Pichincha con Junín juegan con un perrito cachorro mientras piden un pedazo de pan. Tres niños son abordados por una mujer y un hombre, ambos jóvenes, que les preguntan por la mamá. Llega la mamá. Habla poco español. Entre sus collares que bien podrían ser Emberá o Tule (no sabría identificarlos), se esconde un pequeño cuello que revela un rostro tímido. Ellos, el hombre y la mujer, la increpan para que les entregue el perro. Le dicen que es maltrato animal tener a un perro en la calle. Ella no sabe qué responderles. El hombre y la mujer le arrebatan el perrro a los tres niños que piden pan en la calle. Los niños lloran. Ellos, gloriosos, caminan hacia la calle Ayacucho con el cachorro entre los brazos. Dicen que han salvado una vida.

domingo, 21 de junio de 2015

El día en que las mujeres dejaron de ser princesas

En abril estuve haciendo un paseo de esos que solo pueden soñar las niñas. Conocí Disney World. Entre las más de 1.200 fotos que tomaron las amigas con las que estuve, aparecieron  críticas de los que en cuatro palabras llamaré: intelectuales para el olvido. El procedimiento incluyó juicios de por qué conocer un imperio en vez de visitar lugares más interesantes y “culturales”. Meses después, respondo con un por qué. 

Fotos: Perla Toro. 

Un día mi padre me llamó para mostrarme la que él consideraba la música más bella del mundo. Con sus manos sobre mi cabeza, como si estuviera intentando pasarme un poco de su conocimiento, me mostró cinco casetes de su colección. El procedimiento incluía la descripción: favoritos. 

El primero dejaba sonar El lago de los cisnes de Piotr Ilich Tchaikovski. El segundo, Danubio azul de Johann Strauss. Como si fuera una especie de pesadilla de la que una niña de ocho años quiere salir corriendo, me mostró el tercero: un Allegro de Bach. Y para rematar los sueños de la infancia me indicó el lugar donde habitaba Mozart y un señor que con un apellido gordo dejaba salir gritos de dolor bajo la simpática pronunciación Pavarotti. 

Abocada por los nervios y el síndrome de abstinencia que me producía escuchar una música que no podía cantar, huí de sus explicaciones y creencias. 

Decidida, como puede firmarlo en sus promesas una infante con menos de una década de experiencia en la vida, marqué en mi destino que el camino musical que seguiría de parte de mi familia sería el de mi madre. 

Empecé entonces a aprenderme las canciones de Los Bukis, Camilo Sesto, Amanda Miguel, Paloma San Basilio y Sandro. También algunas populares, de esas que doña Luz Elena (mi mamá) decía que eran las mejores para “voltear tapetusa”. Llegaron entonces Helenita Vargas, Los Visconti y Los Chachaleros. 

En circunstancias en las que todos hablaban de libertad, mi padre no se resignó. Decir que no escuchara esta clase de música, allí donde todas mis tías decían que sí, conllevaba a un riesgo que él (Ernesto) no estaba dispuesto a correr. Se vio obligado a crear un plan. 

Bajo una declaración de principios básicos de tolerancia se dedicó a observarme. Una toma de posición que le gastaba largas horas mientras me miraba cantar con un despecho no correspondido para una edad en la que era inmune al desamor causado por los hombres. 

Cuando decidió abandonar la carrera etnográfica ya había encontrado un hallazgo. Además de realizar imitaciones románticas en la sala de mi casa en Rionegro disfrutaba de unos cuantos programas de televisión y de ir al matiné dominical del Teatro Los Héroes. De ambas actividades me animaban dos cosas: los cuentos y las princesas. 

Toda enseñanza es el invento de una ruta propia de vida. Y fue así como mi padre terminó sus mañanas y noches viendo Cuentos de los hermanos Grimm y el Narrador de cuentos en Frecuencia Latina. También dedicó algunos domingos a esperarme en la salida del teatro que aspiraba a ser la primera sala de cine de mi pueblo. 

Diseñado el plan, solo era necesaria su ejecución. Y un día me sorprendió con una suerte de clase de baile para princesas. En una sala llena de porcelanas (mi madre siempre ha tenido el vicio de coleccionar cositas) simuló un castillo y dentro del enorme palacio, sonó la orquesta. Él, “papá rey” y yo “hija princesa” ensayamos los bailes que vendrían en la fiesta. 

Sorpresivamente los bailes salieron de los mismos cinco casetes que con la palabra favorito me había mostrado meses antes. Tchaikovski, Strauss y Bach volvieron a retumbar en mis oídos. Esta vez con una forma más clara: “la música que bailan las princesas”. 

Entre los vals y las fiestas imaginarias configuré todo un universo de movimientos torpes y princesas rebeldes de ojos tapados y gafas gruesas que a veces se volaban para escuchar guascas en una cantina. Construí un mundo en medio de la tolerancia musical. 

A los 10 años, ya encaminada en unos intereses musicales más profusos, mi papá me entregó la estocada final. Con la Fantasía de Disney me prometió un castillo lleno de melodías. Ese día empecé a amar a Bach y a Tchaikovski, los dos primeros de la lista que Mickey dirigía en ese, entonces, cielo de emociones. 

También me obsesioné con conocer el reino de Disney. Pero, nunca pudimos ir. A “papá rey” lo habían deportado del paraíso gringo por estar trabajando de inmigrante. “Hija princesa” era muy pequeña y pobre para comprar un tiquete. 

19 años después decidí viajar en compañía de amigas de adolescencia para buscar la tierra donde bailaban las princesas. 

A los que me preguntaron por qué no me fui ni para Bolivia ni para México ni para Turquía, les diré que fui a Disney porque quería volver a bailar con mi padre. El rey, el príncipe, el único azul de la princesa rebelde. 


jueves, 21 de mayo de 2015

La mitad alegre, la mitad triste, la mitad indecisa de la vida

"Los amores pasados siempre ofenden a los amantes nuevos, por muy muertos que estén aquellos".
Javier Marías 


Creative Illustrations by Beatriz Martin Vidal

La tierra está llena de muertos. Y yo, hace mucho tiempo, me olvidé de recordar a los que aún siguen vivos. O, por lo menos, me olvidé de recordarlos con vehemencia. Muertos están y aunque es imposible anticipar una amnesia por conveniencia, sí puede predecirse un futuro por tranquilidad. 

La tierra está llena de muertos. Cadáveres que escarban en corazones suicidas. Muertos que punzan en la mente como las manecillas de un reloj que no quiere ver correr los días. Yo hace mucho tiempo los maté. Lo hice con sus agujas. Con su sangre. Con su medicina. 

La tierra está llena de muertos. Muertos que a su paso dejaron dolor y que a veces intentan discutir las acciones del olvido. Yo los maté con el exilio de mi cuerpo. 

La tierra está llena de muertos. Muertos de equina. Muertos en formas de señoras gordas. Muchachos en carros luminosos. Muchachas de cachetes redondos y sonrojados. Yo no puedo matarlos. 

La tierra está llena de muertos. Muertos que en forma de pasado atacan ilusiones en las esquinas.