lunes, 9 de noviembre de 2015

Del sin sabor de la ironía

Sábado, 7 de noviembre de 2015 
10:45 a.m. Centro de Medellín. 



Tres niños sentados en una esquina de Pichincha con Junín juegan con un perrito cachorro mientras piden un pedazo de pan. Tres niños son abordados por una mujer y un hombre, ambos jóvenes, que les preguntan por la mamá. Llega la mamá. Habla poco español. Entre sus collares que bien podrían ser Emberá o Tule (no sabría identificarlos), se esconde un pequeño cuello que revela un rostro tímido. Ellos, el hombre y la mujer, la increpan para que les entregue el perro. Le dicen que es maltrato animal tener a un perro en la calle. Ella no sabe qué responderles. El hombre y la mujer le arrebatan el perrro a los tres niños que piden pan en la calle. Los niños lloran. Ellos, gloriosos, caminan hacia la calle Ayacucho con el cachorro entre los brazos. Dicen que han salvado una vida.

domingo, 21 de junio de 2015

El día en que las mujeres dejaron de ser princesas

En abril estuve haciendo un paseo de esos que solo pueden soñar las niñas. Conocí Disney World. Entre las más de 1.200 fotos que tomaron las amigas con las que estuve, aparecieron  críticas de los que en cuatro palabras llamaré: intelectuales para el olvido. El procedimiento incluyó juicios de por qué conocer un imperio en vez de visitar lugares más interesantes y “culturales”. Meses después, respondo con un por qué. 

Fotos: Perla Toro. 

Un día mi padre me llamó para mostrarme la que él consideraba la música más bella del mundo. Con sus manos sobre mi cabeza, como si estuviera intentando pasarme un poco de su conocimiento, me mostró cinco casetes de su colección. El procedimiento incluía la descripción: favoritos. 

El primero dejaba sonar El lago de los cisnes de Piotr Ilich Tchaikovski. El segundo, Danubio azul de Johann Strauss. Como si fuera una especie de pesadilla de la que una niña de ocho años quiere salir corriendo, me mostró el tercero: un Allegro de Bach. Y para rematar los sueños de la infancia me indicó el lugar donde habitaba Mozart y un señor que con un apellido gordo dejaba salir gritos de dolor bajo la simpática pronunciación Pavarotti. 

Abocada por los nervios y el síndrome de abstinencia que me producía escuchar una música que no podía cantar, huí de sus explicaciones y creencias. 

Decidida, como puede firmarlo en sus promesas una infante con menos de una década de experiencia en la vida, marqué en mi destino que el camino musical que seguiría de parte de mi familia sería el de mi madre. 

Empecé entonces a aprenderme las canciones de Los Bukis, Camilo Sesto, Amanda Miguel, Paloma San Basilio y Sandro. También algunas populares, de esas que doña Luz Elena (mi mamá) decía que eran las mejores para “voltear tapetusa”. Llegaron entonces Helenita Vargas, Los Visconti y Los Chachaleros. 

En circunstancias en las que todos hablaban de libertad, mi padre no se resignó. Decir que no escuchara esta clase de música, allí donde todas mis tías decían que sí, conllevaba a un riesgo que él (Ernesto) no estaba dispuesto a correr. Se vio obligado a crear un plan. 

Bajo una declaración de principios básicos de tolerancia se dedicó a observarme. Una toma de posición que le gastaba largas horas mientras me miraba cantar con un despecho no correspondido para una edad en la que era inmune al desamor causado por los hombres. 

Cuando decidió abandonar la carrera etnográfica ya había encontrado un hallazgo. Además de realizar imitaciones románticas en la sala de mi casa en Rionegro disfrutaba de unos cuantos programas de televisión y de ir al matiné dominical del Teatro Los Héroes. De ambas actividades me animaban dos cosas: los cuentos y las princesas. 

Toda enseñanza es el invento de una ruta propia de vida. Y fue así como mi padre terminó sus mañanas y noches viendo Cuentos de los hermanos Grimm y el Narrador de cuentos en Frecuencia Latina. También dedicó algunos domingos a esperarme en la salida del teatro que aspiraba a ser la primera sala de cine de mi pueblo. 

Diseñado el plan, solo era necesaria su ejecución. Y un día me sorprendió con una suerte de clase de baile para princesas. En una sala llena de porcelanas (mi madre siempre ha tenido el vicio de coleccionar cositas) simuló un castillo y dentro del enorme palacio, sonó la orquesta. Él, “papá rey” y yo “hija princesa” ensayamos los bailes que vendrían en la fiesta. 

Sorpresivamente los bailes salieron de los mismos cinco casetes que con la palabra favorito me había mostrado meses antes. Tchaikovski, Strauss y Bach volvieron a retumbar en mis oídos. Esta vez con una forma más clara: “la música que bailan las princesas”. 

Entre los vals y las fiestas imaginarias configuré todo un universo de movimientos torpes y princesas rebeldes de ojos tapados y gafas gruesas que a veces se volaban para escuchar guascas en una cantina. Construí un mundo en medio de la tolerancia musical. 

A los 10 años, ya encaminada en unos intereses musicales más profusos, mi papá me entregó la estocada final. Con la Fantasía de Disney me prometió un castillo lleno de melodías. Ese día empecé a amar a Bach y a Tchaikovski, los dos primeros de la lista que Mickey dirigía en ese, entonces, cielo de emociones. 

También me obsesioné con conocer el reino de Disney. Pero, nunca pudimos ir. A “papá rey” lo habían deportado del paraíso gringo por estar trabajando de inmigrante. “Hija princesa” era muy pequeña y pobre para comprar un tiquete. 

19 años después decidí viajar en compañía de amigas de adolescencia para buscar la tierra donde bailaban las princesas. 

A los que me preguntaron por qué no me fui ni para Bolivia ni para México ni para Turquía, les diré que fui a Disney porque quería volver a bailar con mi padre. El rey, el príncipe, el único azul de la princesa rebelde. 


jueves, 21 de mayo de 2015

La mitad alegre, la mitad triste, la mitad indecisa de la vida

"Los amores pasados siempre ofenden a los amantes nuevos, por muy muertos que estén aquellos".
Javier Marías 


Creative Illustrations by Beatriz Martin Vidal

La tierra está llena de muertos. Y yo, hace mucho tiempo, me olvidé de recordar a los que aún siguen vivos. O, por lo menos, me olvidé de recordarlos con vehemencia. Muertos están y aunque es imposible anticipar una amnesia por conveniencia, sí puede predecirse un futuro por tranquilidad. 

La tierra está llena de muertos. Cadáveres que escarban en corazones suicidas. Muertos que punzan en la mente como las manecillas de un reloj que no quiere ver correr los días. Yo hace mucho tiempo los maté. Lo hice con sus agujas. Con su sangre. Con su medicina. 

La tierra está llena de muertos. Muertos que a su paso dejaron dolor y que a veces intentan discutir las acciones del olvido. Yo los maté con el exilio de mi cuerpo. 

La tierra está llena de muertos. Muertos de equina. Muertos en formas de señoras gordas. Muchachos en carros luminosos. Muchachas de cachetes redondos y sonrojados. Yo no puedo matarlos. 

La tierra está llena de muertos. Muertos que en forma de pasado atacan ilusiones en las esquinas. 

lunes, 18 de mayo de 2015

Disfrazados de opinión

Por un derecho a la contradicción y una reivindicación propia con el ejercicio del silencio. 

Petra vam Der Lem

Las exigencias de reconocimiento que nos han impuesto las redes sociales para llevar una vida “influyente”, han convertido la opinión en un hecho más importante que la información misma. Referente básico del derecho a la expresión, la conjugación del verbo opinar debería exigirnos ejercicios de responsabilidad ciudadana potentes y en la actualidad poco practicados.

Está uno harto de escuchar – y ustedes aburridos de que yo lo haga – opiniones frente a todos los asuntos que transitan las esferas de la vida pública en Colombia.  

En este país, lleno de gente insaciable, la opinión ha comenzado a ocupar, en las agendas informativas, un lugar más privilegiado que la misma información. 

El hecho, como acontecimiento, se ha visto reemplazado por mensajes que, justa e injustamente (porque la carga nutritiva no depende de una balanza regulada) levantan veredictos similares al agua estancada, engendrando, como lo afirmaba el poeta inglés William Blake, “reptiles en las mentes”. 

Cruel, pero desgraciadamente cierto; salvo por el hecho de que expresarse libremente es un derecho constitucional, esta furia de “opinadores” rebasa las realidades del país, dejando a la opinión por encima de las víctimas, los grandes asaltos por corrupción y la negación de derechos tan importantes como la salud y la educación, solo por mencionar algunos casos. 

A veces bien informada, pero en su gran mayoría desviada por intereses políticos, religiosos y morales, esta acción se ha convertido en el todo de la participación ciudadana, dejando en evidencia que a veces nos conformamos con bastante poco.  

Irónicamente para el crítico en potencia, que desea al mismo tiempo tener la razón y darle un sentido de libertad al mundo, en Colombia las opiniones suelen aparecer en dos tonalidades: negro y blanco. Los colores del trópico desaparecen cada que alguien, superando el estereotipo, intenta cruzar una barrera que potencie el debate por encima del propio parecer. 

Sé es guerrillero o paramilitar. De derecha o de izquierda. Fajardista o en contra de Fajardo. Afirmativo o negativo. Heterosexual u homosexual. Libre o conservador.  Véanlo por ustedes mismos. Atrévanse a leer un foro de discusión en un medio de comunicación. ¿Lo han hecho? Si no lo han hecho cabe la posibilidad de que alberguen en sus mentes un poco de esa misma desazón que yo siento al ver una masa opinadora no solo polarizada, sino también desinformada. 

El ejercicio puede resultar más sencillo aún. Con un poco de tiempo para debatir, expresen sus opiniones en un muro de Facebook. En el caso de que sus palabras sean blancas, aparecerá el contradictor negro. Un proceso absolutamente normal y aceptable en nuestros días. Ahora, intente contradecir al negro y comprobará que la puntada final jamás logrará ser gris. ¡Jaque mate a la tolerancia! 

Sí, todos están por pulir, pensarán algunos. Pero, mientras tanto, la libertad de decir lo que se piensa desemboca en otras verdades: incómodas pero no por ello menos catastróficas. Expresarse y opinar, además de conllevar al ejercicio de un derecho que en muchas ocasiones puede resultar constructivo, también se está convirtiendo en libertad de acusación, violación del buen nombre y calumnia. 

También están los que se informan; pero que, en el fondo de la construcción, no levantan un andamio que conduzca a un país mejor: la búsqueda de un territorio con memoria. Como una excelente fórmula para ganar lectores incautos, eligen semana a semana la temática con mayor sintonía para expresar una opinión, lo que piensan. Es así como un columnista hoy puede ser una voz moral del aborto y mañana un juez que dictamina condenas en contra de los violadores de mujeres. ¿Contradicción o coherencia? Dos palabras en el ring. 

Opinadores de tendencia que marcan sus intereses en los termómetros de Twitter y de la palabra que ahora domina las agendas periodísticas: la indignación. Sin embargo, unos cuantos de ellos son originales.

El argumento, pues, debería conducir a ciudadanos formados en la información antes que en la opinión. Como un cordón umbilical, el opinador en potencia, que ahora busca radicalmente un reconocimiento, tendría la obligación de ser la persona más informada alrededor del hecho que entiende como parte de un proceso de escritura personal. 

No conlleva esto a una negación del derecho a opinar. Por el contrario, busca generar una reflexión sobre la predilección innata que tienen las personas a ejercitar este músculo del pensamiento. Una variedad frenética de colores y de formas que, bien direccionadas y sustentadas en unas bases sólidas que rebasen el capricho y la mirada personal, podrían llevar a la construcción de ese debate sano y público que muchos hemos soñado. 

Lo que emociona también confunde, y yo no confiaría el futuro de una construcción crítica en petulantes que aseguren con vehemencia el camino correcto al que se debe conducir el mundo. 

Si la moda, las tendencias y los medios de comunicación nos dan limones, no es nuestra misión hacer limonada. Yo de ustedes me prepararía para un momento bastante agrio.