lunes, 14 de enero de 2019

Microhistorias: El Perpetuo

Barrio El Perpetuo Socorro

En la cocina de mi casa en Rionegro, una que era grande, café y vieja, siempre se dejaban apreciar las imágenes de tres santos: San Cayetano, para que nunca faltara la comida; San Roque para acompañar a los pobres y a los enfermos y la Virgen del Perpetuo Socorro para salir de los apuros económicos. Como puede leerse, un círculo celestial bastante cercano a la comida y ha de ser por eso que en mi familia cualquier discusión acolarada es posible, menos aquella que involucre un pedazo de pan. Esas son sagradas porque la única opción es compartir. 

Alejada de las ideas católicas que quisieron infundirme de niña y más convencida de la humanidad que de las creencias religiosas, hoy entiendo estas historias como parte de ese que podríamos llamar "ADN cultural" con el que cada una de nuestras familias terminan de moldearnos. Ni bueno ni malo, simplemente parte de una existencia en la que se incuban otras sensaciones como la curiosidad. 

Amo entrar a las iglesias por primera vez. Pedir un deseo, observar la arquitectura, evaluar la acústica y dejarme sorprender por las pinturas y esculturas, son rituales morbosos que pelean constantemente con mi insistencia a no profesar un credo y #Medellín tiene algunas que me obsesionan. 

Por más que he recorrido las calles hay iglesias que parecen reservadas para momentos especiales: San Antonio, una capilla que queda en la Universidad Autónoma, la del Sagrado Corazón en Barrio Triste y la del Perpetuo Socorro son cuatro buenos ejemplos para definir el misterio camandulero de la ciudad. 

Un #grafiti le da hoy la bienvenida a la última, iglesia que nunca he visto abierta y a la que dios, si es que existe, parece reservarse el derecho de admisión. Por ahora me conformo con imaginarla como a un icono pop. Tal vez en mi cocina, también pongamos una imagen de Andy Warhol y alabemos la existencia de algo divino con un buen rap celestial.

Medellín, 14 de enero de 2019. #MicroHistorias

Microhistorias: los artistas

A mi padre, Ernesto, uno de los dos que tuve; pero el único que de verdad conocí, no le gustaba rezar. A pesar de todo, ese no fue un impedimento para que, cuando sintiera miedo de la muerte, se aferrara a las iglesias con la esperanza que buscan los viejos de encontrar una inesperada redención. Ese querer pasar como un camello por el ojo de una aguja.

En el afán de encontrar el camino que volviera más corto su paso por el infierno, Ernesto eligió la iglesia de San Ignacio, en el centro de Medellín, como el templo que guardaría sus esperanzas de encontrar la salvación... un cielo, si era que ese existía.

Por eso, cada que paso por la Plazuela -que es casi todos los días- suelo recordarlo con una sonrisa complice: "¿Será que lo logramos viejo jodido?", me pregunto.

Miro el Claustro de Comfama y el Paraninfo de la Universidad de Antioquia, como una quinceañera enamorada, suspiro y apuro el paso porque me propuse utilizar más el transporte público en 2019 y trabajo en el sur.

Acelero; pero, me gana la curiosidad. Observo una fila y tomo un par de segundos para recordar: esta parece la foto de toda la semana en San Ignacio. Todos los días, a las 6:30 a.m. -seguramente desde antes-, varias personas se organizan una detrás de otra para armar lo que en Colombia llamamos 'filas indias'. Levanto la cabeza para mirar la fachada, es Servimédicos, una prestadora de salud que garantiza que puedes ocupar una plaza laboral, de esas que califican como un juez si eres apto o no.

El paisaje sonoro arrastra el acento venezolano, celebro la difrencia que por primera vez cobija a este pueblo tan acostumbrado a sus montañas, esas que amamos; pero, que también encierran nuestros pensamientos. Hay uno que otro bogotano y también se dejan escuchar algunas palabras en 'costeñol'. Todos buscan un trabajo y en la primera semana de enero una salvación. Comparten sus esperanzas y hacen cuentas de lo que harán.

Un letrero que nombra esta calle como 'la de los artistas' (tambié se lee aristas) me separa de este cuadro de realidad mientras elaboro preguntas en mi mente: ¿dónde están los artistas? Seguro son ellos, me respondo.

Tal vez, al final de la mañana, mi padre no fue el único que escogió a San Ignacio para su salvación.

Medellín, 11 de enero de 2019. #Microhistorias. 


Plazuela de San Ignacio

miércoles, 27 de diciembre de 2017

Corrientes

Foto: Perla Toro 
Con la sensación apacible de quien ha vivido pocas horas solía sentarme durante tardes enteras a observar los verdes de las montañas de Corrientes. Con los pies colgando en un pedacito de tabla que durante más de 30 años ha fingido ser una banca, en ese mismo pedacito de tierra que durante décadas ha querido ser un parque, dejé volar todos mis sueños de infancia. Se ahogaron en copas de aguardiente. Se metieron dentro de sombreros blancos. Se escondieron como notas musicales en conversaciones foráneas, en cantos campesinos.

Corrientes fue el primer lugar del mundo del que me enamoré. En días de cuentos de princesas siempre preferí sus árboles de guayabas y sus ríos solidarios. Cientos de veces le dije que no a las vacaciones en Medellín para dejar que mi corazón saltara, tras dos horas de camino en una carretera sin pavimentar, al ver ese letrero que casi en el comienzo del cielo, bordeando una colina, dejaba claro el nombre de esa que ha sido por años mi palabra favorita: “Corrientes”, que corre, que fluye, que electrocuta, que no da lugar a la quietud. Al menos en mi imaginación.

Foto: Perla Toro
El nombre de este corregimiento del municipio de San Vicente, en Antioquia, el mismo donde nacieron mis abuelos, mi mamá y casi todo lo que amo, fue la primera imagen que tuve de una tierra que a lo lejos parecía una profecía. Muy cerca del techo de la Tierra, con piedras pintadas de blanco por los estudiantes de su colegio, exponía – aún lo hace - su nombre, el mismo del cual se desprendía una pequeña cascada. Más tarde vendrían a mis ojos otros anuncios más pomposos; el de las ya apagadas letras del Coltejer en las montañas de Medellín; y, en las películas, el elegante Hollywood. Pero, ninguno de los dos últimos, mi tierra prometida.

También fue Corrientes el primer lugar donde me enamoré y el mismo en el que conocí las penas de amor. Fue entre canciones, fue en esa improvisada banca. Con los pies colgando sentía morir mi corazón infantil en las penas de Julio Jaramillo y tarareando sus letras, imaginaba cómo habría sido el día en el que el cantante, del cual en 1990 no tenía ni idea que era ecuatoriano, había conocido el pueblito.

Si las peleas con machete separaban a Corrientes, Julio Jaramillo nos unía en sus canciones: “Que si estoy en Corrientes, que si estoy en Palermo, por todo Buenos Aires, conmigo siempre estás”. Juré por años que ese Corrientes nostálgico era el mío, el de mis montañas, mis quebradas y cascadas; mis alegrías. Conocí de frente la desilusión el día en que me enteré que Julio Jaramillo jamás había estado en Corrientes, al menos no en el mío. Entre lágrimas aprendí a identificar el mapa de Argentina. Busqué respuestas en ese Buenos Aires y una vez más hallé el hilo de la nostalgia. Tal vez eso sea lo que une al nombre, corrientes de melancolía y de tristeza que fluyen para terminar en la más bella creación.

Hace poco más de un mes, por cuenta del caprichoso destino, conocí la calle Corrientes, en Buenos Aires, en Argentina. Parada en una de sus esquinas, donde las montañas se reemplazan por librerías y los ríos generosos por teatros donde en vez de agua fluyen montones de gente; viajé aceleradamente en el tiempo, me senté en esa banquita y con los pies colgados dejé salir una sonrisa de mi boca, una risita socarrona, cómplice y enamorada.

Ese día, acompañada de personas a las que también amo, volví a sentir en mis ojos la ilusión por un lugar. Como aquella que ha amado durante el tiempo, volví a extrañar mi pueblito, la banquita, el letrerito. Ese mismo conjunto de casitas que poco he visto cambiar. Reviví la nostalgia por el cantadito de sus gentes, el tinto con aguapanela, el olor a leña y ese universo de verdes que solo la evolución puede explicar en nuestros ojos.

Regresé a Corrientes, al amor. A ese pequeño lugar del que mis historias nunca podrán salir y del que mi corazón nunca podrá escapar. Las mismas montañas donde mi muerte quisiera comprar su boleta de reposo. 


Somos la generación que siempre regresa a la infancia.

viernes, 27 de octubre de 2017

El accidente


Bogotá, 25 de octubre de 2017, 4:00 p.m. Cinco años y dos días después de que la siguiente foto circulara en la web. (Antes de leer, tenga en cuenta que esto no es periodismo, es una historia producto de la casualidad).





 
“Yo amaba tanto a mi institución que por ella me quedé sin familia”. Todavía tengo esas palabras dibujadas en mi cabeza. Fueron producto del azar y salieron de la boca de Cristian Eliecer Acero Torres, un taxista bogotano que cinco años después de haber sido destituido de la Policía Nacional me recogió, como hubiera podido hacerlo cualquier otro, en la puerta de la Universidad Externado de Colombia. Su misión era sencilla: llevarme a mi casa antes de que comenzara el trancón que día tras día se apodera de la Avenida Calle 26.

- “Tome la Circunvalar y luego la 26”, le dije.
- “¿Le incomoda si me voy por la tercera y le pongo gasolina al carro?”, me preguntó.
- “Todo bien. Tranquilo. Prefiero parar a que nos varemos”, le contesté.

Tomamos la ruta indicada por el hombre. Puedo recordar la impresión que me causó ver su motilado casi perfecto. De sus patillas delineadas y su camisa que parecía recién planchada se desprendía un olor intacto al que podría llegar a tener en mi imaginación la disciplina. El taxi, como pocos en esta ciudad, tenía un olor neutro. La silla del copiloto estaba en una posición de disponibilidad bastante extraña para Bogotá. Era una casa amarilla en orden.

Muy cerca del Chorro de Quevedo un camión lleno de hombres que ayudan con la recolección de basuras en las calles nos saludó. Seguimos el camino.

- “¿Ya va a descansar?”, me preguntó.
- “Sí señor”, le respondí.
- “¿Y usted es alumna o trabaja en esa Universidad?”, indagó.
- “Yo. Yo realmente soy periodista y trabajo en El Tiempo; pero, todos los miércoles llevo un curso de narrativas transmedia en esta universidad”.
- “Ah, en El Tiempo. Allá trabajaba una gran amiga mía como fotógrafa”, me contó mientras entraba a la bomba de gasolina.

Tanqueó 20 mil pesos porque no tenía más plata. Le agradeció al señor de la gasolinera y volvió a tomar el camino indicado. Siguió manejando en silencio; pero, como la curiosidad ha matado a más personas que a gatos le pregunté que si su amiga era Claudia Rubio, porque es la única mujer fotógrafa del medio. Me dijo que no, que se llamaba Ana María García.

Como si un bombillo hubiera iluminado mi cabeza destapé esta boca que tengo y que a veces es incapaz de conectar con el cerebro:

- “¡Ah claro!, yo no la conozco, pero esa fue la fotógrafa a la que hace varios años un desgraciado de la policía tiró al piso en Transmilenio, la golpeó y no la dejó hacer su trabajo. Señor, ¿usted se acuerda? Esa foto fue muy famosa. ¡Es que en este país no hay ni libertad de prensa y estamos pailas de instituciones! ¿Sí o no?”. Me destapé.

Cristian Eliecer, el de la camisa bien planchada, se quedó silencioso y siguió manejando. Insistí en preguntarle que si Ana María era muy amiga de él y de pronto me contestó:

- “¡Claro! Es tan amiga mía que por ella, hace cinco años y dos días, me destituyeron de la policía”.

Con el silencio que solo una persona que entiende que acaba de meter las patas puede sostener, dejé avanzar unas tres cuadras de camino. Arrepentida por no haber entendido la ironía, retomé la conversación.

- “¿Ahhhh, cómo así, entonces usted es el policía de la famosa foto?”, cuestioné.
- “Sí profe, mucho gusto, yo soy el hijueputa de la foto”, contestó mientras se reía.
- “Oiga, pero venga, a todas esas, ¿cuál es entonces su versión de los hechos? Porque para todos  nosotros usted es un desgraciado”, volvía la imprudencia a reinar por el camino.

Cristian tomó el control de la situación y me contó su verdad. Según él, sus razones correspondieron a la prestación del servicio.

“Estábamos en una escena de los hechos y ya todo el lugar estaba acordonado. Luego de que un lugar está acordonado nadie puede entrar, porque puede alterar las escenas, ni siquiera un periodista. Una fotógrafa comenzó a meterse dentro de la escena y aunque varios compañeros le advirtieron tres veces que no podía hacerlo, ella insistía en hacerlo.

A todos nos llegó un mensaje por el radio donde nos decían que la teníamos que sacar  y yo me la encontré y le pedí que se saliera. Cuando se lo pedí me dijo cosas como ‘policía corrupto’, ‘hijueputa tombo que no deja trabajar’ y ‘asesino’. Luego comenzó a pegarme y tuve que tomarla por detrás para que no lo hiciera más. Mientras la sacaba de la escena, nos tropezamos y caí sobre ella, quien estaba acompañada de un practicante que tomó las fotografías que luego se hicieron tan famosas”.

Un mes después Acero Torres fue destituido por abuso de la fuerza y, entre otras cosas que él dice aún no poderse explicar, haber permanecido 15 segundos reteniendo a una periodista . “La destitución más rápida de la historia de la Policía Nacional”, afirma. Agrega: "fueron 15 segundos mientras me paraba y nunca lograron explicarme en qué parte del código decía que el abuso de la fuerza comenzaba en 15 segudos".

Le abrieron tres investigaciones: una militar, una ante la Fiscalía y la disciplinaria dentro de “la institución”, como él mismo llama a la Policía. Las dos primeras fueron cerradas y la tercera firmó su salida del lugar donde trabajó por más de 15 años. “Yo luego me enteré que la investigación había corrido tan rápido porque la señora García tenía un muy buen amigo dentro de la Policía. Un superior que me destituyó y que hace pocos años fue retirado por paramilitarismo”.

Cruzamos la Universidad Nacional y le pedí comenzar a tomar la derecha para girar por el puente de la 50.

- “¿Y qué se puso entonces usted a hacer después?”, le pregunté.

Tomó tres respiraciones y, como si se tratara de una clase de yoga, inhaló y exhaló durante varias ocasiones. “Mmmm pues yo salí de la Policía con una mano adelante y con otra atrás. Acordándome de mi primer matrimonio, el mismo que se me acabó por estar dedicado 24 horas a ser un oficial. Cuando me destituyeron, además de llorar, me metí en un negocio de un restaurante de comida de mar en Fontibón; pero, me estafaron y quedé con una deuda y sin trabajo. Hace dos años estoy manejando taxi, me toca liquidar diario 120 mil pesos, pagar la gasolina y con lo que queda vivo. Hace una semana mi segunda esposa se cansó de la situación y también me dio la noticia de la destitución”, volvió a suspirar; pero, esta vez con un dolor de esos que solo puede dejar en evidencia la respiración.

Sentí algo de compasión y pensé que no tenía razones para sentirme culpable de ello y preferí pensar que en cada historia siempre existen muchas verdades. También suspiré. “Pero siga la vida, siga caminando, siga luchando. Seguro usted tendrá sus propias reflexiones; pero, no se rinda”, le dije.

- “Sí profe… y muchas gracias por no haberme juzgado”, me contestó. Nunca quiso referirse a mí como periodista.

Llegamos a mi casa. Nos dimos cuenta que entre la conversación se nos había olvidado prender el taxímetro. Cristian me dijo que le pagara lo que normalmente me valía la carrera. Le pagué un poco más de lo habitual. Nos despedimos con un gesto de esos que solo dos personas que acaban de vivir un momento extraño pueden entender y entré al conjunto donde vivo. Volví a buscar la foto y ahí estaba Cristian, con sus patillas casi perfectas, sobre Ana María. Preferí no pensar nada más.  


*Aclaración pertinente: lo que usted acaba de leer no es un artículo periodístico, no tiene fuentes confrontadas y no hace parte del ejercicio profesional que desempeño en la empresa para la cual trabajo. No es más que un ejercicio de escritura producto de una casualidad. No conozco a ninguna de las partes involucradas. Lea bien: esto no es más que vida cotidiana.