viernes, 29 de mayo de 2009

En tiempos de crisis, jardines de esperanza



En los corregimientos de Medellín varias familias y asociaciones campesinas siembran agroecológicamente. En los cultivos han encontrado una forma de tener un negocio inclusivo y una garantía para su seguridad alimentaria.

Agradezco a todas las personas que me acompañaron en este proceso de investigación. Hoy tengo el gusto de presentarles mi primer logrito investigativo. Espero que sea del agrado de quienes lo lean. Recibo sugerencias y críticas para próximas oportunidades.

La multimedia pueden encontrarla haciendo clic aquí.

Gracias, totales.

domingo, 3 de mayo de 2009

Para partir el pan de los débiles


“Señor, danos la riqueza en conciencia, danos también manos limpias para recoger las cosechas y bendecir el universo. Haznos invencibles con el poder del amor. Y para defender todo esto la libertad, la paz y la justicia, danos coraje, un rifle y buena puntería”.

Gonzalo Arango.


El Día Internacional del Trabajo amanecí vigilada. En honor a los sindicatos y a quienes se paran los pelos con jabón rey, más de 50 gorilas, entre policías y antimotines, le dieron la bienvenida al día en una esquina que comunica la Calle 49ª (un pedacito que se le escapó a Ayacucho) con la Calle 50, conocida como Colombia.

La lucha obrera manifestó este año, como todos los demás; pero, esta vez, salió muy temprano desde el Parque de la Milagrosa, para demostrarle a paredes y ciudadanos que los poderes sindicalistas siguen vivos en uno de los países con menos tolerancia por los movimientos de izquierda en todo el mundo.

En el recorrido la marcha se desvió por Ayacucho, encontrándose cerca de la Carrera 36 con activistas del Antimili, un grupo de jóvenes reconocido por la organización de un festival musical anual y que tiene como objetivo la resistencia y desobediencia civil. Los anarquistas acamparon durante todo el día, hicieron sancocho, escucharon música, protestaron y rayaron las paredes.

Pasada la marcha los policías se fueron e incluso los helicópteros que insistentemente vigilaron las calles para salvaguardar al Estado de los opositores de la Nación, marcharon en el azul del cielo. A las 2 de la tarde las calles parecían un tapiz de pintura negra y roja y las paredes un homenaje popular al stencil.

Había pasado el Día del trabajo y se daba bienvenida a un día festivo. Entre leer un stencil, caminar y observar mamarrachos que protestaban por la libertad de un pueblo hambriento, se me perdió la mente en un desperdicio encantador de pensamientos que pasaban por el activismo y la inevitable decisión de, en algún momento, tener que vestirse de una bandera y empuñar un rifle.

Pocas veces he creído en las personas que dicen que son de “centro”, siento de ellas una hipocresía a conveniencia donde no existe una verdad segura. Tampoco estoy de acuerdo con los extremos y mucho menos con los extremistas, pero si gusto y apoyo la existencia de muchas palabras terminadas en “istas”, incluso los autistas.

No imagino un mundo donde no hubiese existido el feminismo, los movimiento contra los crímenes de odio, los ambientalistas, ecologistas, artistas, idealistas e incluso no imagino un mundo sin los primitivos machistas.

Del Día del Trabajo, por ejemplo, me generan varías insatisfacciones las posiciones de los llamados centralistas, más aún de los personajes de derecha que manifiestan a viva voz que con “P” de Polo, también se escribe Puta. Siendo este un día sindical, obrero, anarquista, no entiendo por qué se lo toman libre, deberían de “trabajar, trabajar y trabajar”, como lo manifiesta su gurú, salvaguarda de la Patria colombiana. En Colombia, el país de las inconsistencias, donde la derecha y la izquierda terminan siendo una imagen alegórica a los principios de George Orwell, una mesa repleta de cerdos, los sindicalistas protestaron, los policías vigilaron, los de derecha pasearon y al final de la noche todos tomamos una copa y nos fuimos a la cama.

Mucho se ha dicho sobre los activistas y románticos revolucionarios, incluso, la sociedad ha buscado una forma de decreto que impide ser activista luego de los 30 años, a estos en muchas esferas se les ha llamado estúpidos. Tengo 23 años e imagino que todavía puedo soñar, estoy a tiempo para apuntar el rifle con coraje.

El activismo, mal entendido por muchos, hace referencia a una actividad sostenida con la intención de efectuar un cambio de índole social o político. El racismo activista provoca que en muchas ocasiones los convencidos de una causa sean tildados de revoltosos e incluso en Colombia, muchos de ellos, son llamados terroristas (una insoportable palabra terminada en “istas”, en defensa de la cual se sostienen muchos de los regímenes de gobierno contemporáneos).


Un día del trabajo en Medellín




Mal contados tengo puestos tres vestidos autistas: feminista, ambientalista (lo cual incluye ser antitaurina) y periodista; sin embargo, hay cosas que tampoco logro entender de la militancia. Por ejemplo, rayar una pared con mamarrachos y mala ortografía, además de parecerme una manifestación de ignorancia, se me hace algo antiestético. Hay algunos stencil con los que vibro, abro los ojos, vuelvo y los cierro y termino por obturar y capturar el recuerdo. En cambio, los letreritos insoportables de cierta clase de desobediencia se me hacen patéticos. Prefiero la ciudad bien vestida con grafitis, estarcidos y manchas de pintura bien repartidas al mejor estilo de un Jackson Pollock tercermundista, idealista, feliz y perplejo.

Tampoco entiendo lo de las papas bombas (deberían de tirar libras de arroz, comida o fritar las papas y repartirlas a forma de pan). No me gusta el reclutamiento, el amotinamiento y si hubiese más oídos para escuchar, tampoco quisiera irme a la guerra y matar a mis hermanos por una causa justa.

Por encima del cielo y la tierra, el bien y el mal, el activismo ha logrado grandes cosas y es de cuerdos dar el reconocimiento. Por la desquicia que se atrevió a batallar con palabras, armas y panfletos, las mujeres podemos votar, estudiar, trabajar, ponernos un pantalón largo, fumar e incluso elegir a los hombres que queremos llevarnos a la cama. Por la cordura corrompida por una rabia que le atacó el corazón, los homosexuales pueden darse un beso en la calle (con excepción de pequeños lunares donde el homosexualismo es considerado un crimen). De cuenta de locos encapuchados y bayonetas afiladas, los negros pueden considerarse libres y los trabajadores asalariados seres humanos con derechos laborales y el reconocimiento de una vida digna.

Falta mucho y por eso sigo considerando una opción válida tomar alguna clase de partido. Se requieren locos que adopten puñados de tierra, cuerdos que defiendan los animales y hombres que en vez de flores estén dispuestos a ceder derechos.

Tarea difícil en tiempos donde el héroe de una nación es el terrorista de su oponente.

viernes, 3 de abril de 2009

domingo, 14 de diciembre de 2008

Carrera impotencia


Lo peor de vivir en un lugar peligroso no es el insistente cuidado de la vida, es la obstinada aparición de la impotencia. Vivo en Medellín, en el centro de la ciudad, para ser más exacta en la carrera 39, entre las calles 48 y 49. En palabras más locales en la carrera Giraldo entre Pichincha y Ayacucho.

Giraldo es una carrera que atraviesa una parte significativa de la ciudad, de oriente a occidente. Sobre sus costados está el Parque de Boston, la parte trasera del Teatro Pablo Tobón Uribe, la Placita de Flores y mi casa. Esta vía atraviesa varios barrios, solo por contar El Salvador, Boston, Villa Hermosa, Manrique y Santo Domingo.

Algunos de sus tramos son peligrosos y otros no tanto; pero, la fracción de carrera 39 que me correspondió vivir a mi tiene algo en particular. En esta termina una comuna y comienza otra. Aunque personajes como Pirry se nieguen a entenderlo, toda Medellín está dividida en comunas y al contrario de lo que piensa la estrella de las metáforas televisivas, hablar de comuna no hace referencia a un lugar impenetrable, peligroso y arriesgado, sino a una división territorial.

El hecho de vivir en el límite de ambas comunas (La 10 que es el Centro y la 9 que es Buenos Aires) significa estar en tierra de nadie. Nunca he conocido cerca de mi casa una organización comunitaria y aunque a unas tres cuadras más arriba hay un CAI de la Policía Nacional, en este tramo de carrera Giraldo aparecen historias inéditas que se quedan en el misterio judicial y que solo recordamos sus habitantes.

Los días en la carrera 39 entre calles 48 y 49 son normales, con la única excepción de que es una vía doble y todo el día hay que sentir como tiemblan el asfalto por el tránsito de los buses. El miedo que a veces se traduce en impotencia comienza en las noches.

Hay muchas cosas que mi mamá nunca me cree, por ejemplo que en las noches veo a una anciana sentada en mi cama. En fin, ya me he acostumbrado a que mi palabra poco valga dentro de la credibilidad hogareña. En un amanecer, siendo las 3 de la mañana si mal no lo recuerdo, escuché unos ruidos y me levanté para mirar por la ventana, aparentemente había un grupo de trabajadores de Cable Unión. No muy convencida de la explotación laboral a la que se sometían estos hombres desperté a mi mamá y le conté la película que se atravesaba por mi mente. Yo pensaba que eran hombres malvados fraguando un plan perverso, pero ella, como siempre sabe hacerlo, me mandó de regreso a la cama y me dijo: “Váyase a dormir que usted está loca y yo no he escuchado nada”.

Al día siguiente, siendo las siete de la mañana, tomamos el teléfono para hacer una llamada y no había sonido telefónico. Los trabajadores de Cable Unión, que hasta uniforme tenían, se habían robado el cable telefónico de 150 casas, una manzana entera. Del cable de teléfono se extrae cobre y un kilo de este material es vendido entre los recicladores por un total de $11.000.

En este tramo de la carrera 39 siempre hay un ruido que avisa algo. Mi sueño es bastante débil y con más razón tengo el innato poder de escuchar cosas excepcionales. También para vender el reciclaje se nos han robado la tapa del contador de agua, una varilla de la reja de la entrada y en el vecindario del lado hurtaron la placa que los hacía reconocerse como una donación de la Sociedad San Vicente de Paúl.

También han pasado cosas graciosas y simpáticas. Como en la que vivo es una casa antigua, tenemos zarzo (desván) y un día se entró una gata por el techo y dio a luz cinco hermosos cachorritos que desaparecieron luego de que mi papá, por esa extraña manía que tienen los hombres de creerse desde plomeros hasta veterinarios, se les metió al nido y dejó caer uno.

Un lunes festivo nos despertó un ruido en el techo y pensamos que era un ladrón. Inmediatamente prendimos las luces y como heroínas con capas de pijama tomamos palos entre las manos. Mi mamá gritó: “Perla, pásame el arma que vamos a matar a este hp…”, sorprendida me preguntaba por cuál arma, en mi casa no hay sino cortaúñas. Luego miré el gesto de mi mamá y era que la muy inocente pensaba que con eso iba a espantar al ratero encima del tejado. Después de amenazarlo a muerte apareció, peludo, con bigotes y balbuceando un sonido que decía: Miau.

Pero hay otras historias que no son tan simpáticas. Por ejemplo un sábado siendo las 11 de la noche había, diagonal a la casa, dos patrullas de la policía parqueadas en la vivienda de un cura misionero. De esas si me creyeron porque las vieron, así que por esta vez mi imaginación salió bien librada. Al domingo nos dieron la noticia de que dos hombres se habían entrado y habían asesinado al cura en presencia de su sobrino y su hermana.

En un día de trabajo cuando abrí la puerta para salir mi casa estaba acordonada por policías. Me imaginé con casco, botas largas y en guerra. Dispuesta a dar la lucha pregunté el por qué de la invasión. Tres casas luego de la mía habían asesinado a un indigente. Ese día no escuché nada, me contó el hombrecito vestido de verde que había sido con silenciador, me reconcilié con mis oídos y me caminé nerviosa hasta llegar a mi oficina.

Lo que me mata no es el miedo, es la impotencia y el saber que aun estando ahí no puedo hacer nada, sea porque no me creen, porque no nos atrevemos o porque simplemente tengo que protegerme. En alguna ocasión llamé a la policía y tras detener al ladrón que se estaba entrando a una casa, tocaron la puerta y me dieron las gracias por colaborar con la justicia. No dormí en unos cuatro días, imaginé una y otra vez al ratero viniendo a cobrar venganza sobre mí.

Son muchas las historias de impotencia e ira; pero, hay dos que particularmente hacen que el alma me llore cuando las recuerdo. Antes escuchábamos los ruidos gracias a mi oído, ahora lo hacemos porque tenemos una cachorrita muy sensitiva, a ella le creen más que a mí.

Otra de esas madrugadas Luna ladró y empezamos a escuchar una persecución, gritos y llantos. Lo que vino después fue un golpe a la reja de mi casa, otro golpe, un llanto y los gritos de un hombre que pedía auxilio. Dentro de lo poco que alcanzamos a ver vimos a un taxista que, según creemos, estaba atracando a su pasajero. El hombre seguía pidiendo auxilio y la reja de mi casa seguía sonando. Mis manos se entorpecieron y no fuimos capaces de llamar a la policía, ni de un celular, ni del teléfono fijo. Finalmente, tras una batalla cuerpo a cuerpo el taxista logró montar al pasajero herido nuevamente al vehículo.

No dormimos más y a las siete de la mañana cuando abrimos la puerta vimos unas goteras de sangre. Luego, por comentarios de una vecina, nos enteramos que los llantos y llamados de auxilio fueron de un hombre que amaneció en la esquina muerto, apuñalado y desangrado. Cuando lo recuerdo aun pienso que yo lo maté o que fui cómplice del conductor asesino.

Lo último fue una mujer gritando, amaneció muerta y violada a unas cuatro cuadras.

El crimen del cura lo reportaron en La Chiva, un periódico sensacionalista de Medellín, seguramente al periodista le pareció muy curioso que mataran a un cura dentro de su casa. De las demás muertes nunca más supimos nada.

Pese a que esta casa me ha visto crecer, enamorarme, entrar y llegar, siento que no aguanto más. Desde esta puerta me hice amiga de todos los indigentes que duermen en el centro y eran ellos quienes me cuidaban para irme a las cinco de la mañana a clase de seis a la Universidad de Antioquia.

Ahora, cada día que pasa y que abro y cierro esta puerta pienso en irme de aquí, tengo dos caminos quedarme y seguir fuerte o ahogarme en un mar de impotencias.