domingo, 3 de febrero de 2008

¿Vos y yo qué venimos siendo?




A diez minutos del barrio Los Gómez en Itagüí y a unos cuantos pasos de Belén y Guayabal, se encuentra la vereda El Reposo, un lugar donde sus habitantes, por no contar con una vía de acceso definida, se han visto en apuros para subsistir, a tal punto de tener que casarse entre primos, tíos y sobrinos. Sigo buscando en el baúl de los recuerdos.

Justo en la mitad del todo y de la nada queda El Reposo, una vereda del corregimiento Altavista que, a pesar de su cercanía con Medellín y con Itagüí, permanece aislada como un reino en el más inocente cuento de hadas.

Para llegar a este “reino” es necesario tomar una carroza de seis llantas con un letrero que indica la ruta 143 de Guayabal. Justo al terminar el recorrido, deben alistarse un buen par de piernas que le colaboren al cuerpo en la difícil tarea de caminar por unos rieles que suben y suben con dirección exacta a un lugar cuyo nombre sólo sugiere calma.

El camino está rodeado de pinos y dicen algunos habitantes de Belén Rincón, uno de los barrios vecinos de El Reposo, que en las noches “suelen aparecer allí perros lobos”. Un guayacán amarillo es una de las primeras cosas que dan la bienvenida a la cúpula del “reino” y, luego de dar media vuelta, se deja al descubierto tal vez una de las vistas más hermosas con que cuenta Medellín.

Las primeras personas en poblar El Reposo llegaron desde el municipio de Armenia Mantequilla, al occidente antioqueño. Poco a poco la población se fue reduciendo y fue viendo la necesidad de procrear. Al no tener cerca personas externas a la familia y no viajar al centro de Medellín muy a menudo, tuvieron que contraer nupcias entre primos hermanos, tíos y sobrinas y tías y sobrinos, dando así origen a su descendencia, Sánchez Sánchez.

Juntos pero no revueltos

María Elisa Sánchez Sánchez es una de las princesas que habita esta realidad de hadas. Es una mujer de contextura gruesa, ojos pequeños, piel morena y siempre sostiene en su mano derecha, como si fuera una rama que sale de sus brazos, un cigarrillo Bostón.

Esta princesa habita un palacio cuyo frente es adornado por el color de los ladrillos y que en vez de guardias, custodian una gallina y seis pollitos que se esconden debajo de sus alas. Pío, pío, pío.

Aunque la historia se haya repetido de generación en generación, la familia Sánchez sigue teniendo problemas para casarse y el caso de María Elisa no fue la excepción. Como era de esperarse, el conocer a Hernán de Jesús Sánchez Sánchez no fue una ocasión que le cayó de sorpresa, ni un amor a primera vista, ni el príncipe que llegó de otro reino para cortejarla.

¿Se imagina usted un árbol genealógico de los Sánchez? Mi madre es la hermana de mi suegra, mi padre es el primo de mi madre, mi esposa es la prima de mis sobrinos, mi padre es el tío de mi suegra y ¿Vos y yo qué venimos siendo?

María Elisa y Hernán son primos, por lo cual, en un afán de sus padres por cambiar la historia, se vieron en aprietos para casarse. Los progenitores de Hernán eran primos hermanos y el padre y la Madre de María Elisa eran tío y sobrina.

La búsqueda de otra pareja, o por lo menos de alguien diferente a la familia, no funcionó. Al final María Elisa y Hernán terminaron siendo marido y mujer, con argolla en mano y bajo juramento de no separarse hasta el día de su muerte.

Para perdonar el pecado y poder recibir la bendición celestial que manda el sagrado sacramento de matrimonio, María Elisa y Hernán, al igual que todos los príncipes y princesas de este “reino”, tuvieron que cumplir con la penitencia encomendada por el sacerdote. Y ¿Cuál era la penitencia? Sencillo. En las tres primeras noches de bodas la luna de miel debía tener un sabor agridulce. Sentados, sin tocarse ni siquiera un pelo, debían rezar tres rosarios por día, así vencerían al demonio y acabarían con el deseo sexual. Cuenta María Elisa que, según el sacerdote, “esto era para que cuando tuviéramos hijos, ninguno de ellos naciera bobo o boba”.

Aunque el incesto consiste en la práctica de relaciones sexuales entre parientes, el caso de los Sánchez no corresponde a un juicio exacto de esta trasgresión. En general puede afirmarse que el incesto se da cuando hay una relación sexual prohibida; tal es el caso de madre e hijo, padre e hija y hermano y hermana.

Una excepción de esta regla se dio en el Imperio Inca, donde se permitía a los miembros de la realeza que se casaran entre si, para poder conservar la descendencia real. Los indígenas americanos y algunas familias reales europeas practican la endogamia, es decir, contraen matrimonio dentro del mismo grupo social y entre personas de la misma casta, como es el caso de El Reposo.

A pesar de las múltiples discusiones científicas, este tipo de uniones son incestuosas para la legislación actual. No obstante, los habitantes del pequeño “reino” han cumplido a cabalidad la primera de las normas, honrar padre y madre.

Una opinión frecuente es que los hijos de este tipo de matrimonios corren el riesgo de nacer con mayor número de genes recesivos con anomalías, lo cual puede representar para el infante un retraso mental y para la familia un posible caso de hemofilia.

Un caso famoso de transmisión de hemofilia sucedió en el siglo XIX entre los grandes reinos europeos: Borbones (Italia), Hannover (Inglaterra), Habsburgo (Austria) y Vasa (Suecia); cuando Alexandra, nieta de la reina Victoria de Inglaterra, transmitió la enfermedad a las casas reales española y rusa.

Sin embargo, entre los Sánchez no hay ningún bobo, boba, hemofílico o hemofílica. La explicación científica es que ninguno de sus ascendentes eran portadores de la enfermedad.

A unos cuantos pasos

El Reposo es un “reino” habitado en su inmensa mayoría por princesas, muchas de ellas viudas. Algunas trabajan en la vereda y otras lo hacen en la ciudad. Con el pasar del tiempo, a pesar de que la mayoría de la población es Sánchez Sánchez, se han ido conformando otro tipo de parejas diferentes a las de la familia.

La aldea real cuenta con 28 casas, una empresa de materas y un tejar donde trabajan la mayoría de sus habitantes. Aunque pertenecen a la Comuna 70 de Medellín, utilizan los recursos educativos, alimenticios y religiosos de la Comuna 15 y del municipio de Itagüí.

A unos cuantos pasos de Medellín, en la mitad del todo y de la nada, queda El Reposo. Un “reino” donde mi esposa es la hija de mi tía, mi padre es el primo de mi madre, mi madre es la hermana de mi suegra, mi esposo es el tío de mis primas y a todas esas ¿Vos y yo qué venimos siendo?

sábado, 26 de enero de 2008

¿Cuándo llegará el día de mi muerte?

A pocos días de que se conmemoren los 73 años del nacimiento de mi abuela, una historia que parece sacada del fondo de un ropero.



No tiene la menor idea del día de su muerte. Si no la mata la asfixia, de pronto será la diabetes, sino la vejez. El lugar en que será enterrada espera a que sea su pueblo natal, San Vicente, Antioquia. Nada sabe de su fallecimiento, excepto la ropa con que espera ser sepultada.

María Berta Gallego vivía en un corregimiento de San Vicente llamado Corrientes, ahora por motivos de salud fue trasladada a Rionegro con el único capricho, por parte de sus hijas, de recibir una mejor atención médica.

32 años antes de los 72 que hoy la acompañan, empezó a sufrir de catalepsia. La catalepsia es una enfermedad nerviosa que se caracteriza por la perdida de movilidad voluntaria de los músculos y que en ocasiones hace que la persona parezca muerta.

La primera vez que la falsa muerte sorprendió a María Berta, la encontró en pijama, sin bañarse, despeinada y lidiando con las gallinas de su casa campesina.

Desde aquel entonces no ha parado de pensar en la vergüenza que sufriría su alma cuando la funeraria llegue a recoger su cuerpo inerte, y lo encuentre desordenado, sucio y con mal olor.

Es una persona creyente, todos los días madruga a misa y quien sabe para quién son sus suplicas y por cuál de todos los mortales serán sus ruegos. Su caminar es lento, al igual que su hablar; pero, esto no le impide rezar sus tres rosarios diarios al igual que las novenas a María Auxiliadora, al Divino Niño y a las Ánimas del Purgatorio, todas ellas compiladas en lo que guarda como un tesoro: el Devocionario Católico.

Le teme a la muerte, a la vez que la espera. De unos años para acá todos sus contemporáneos han venido pereciendo, el último de ellos murió el 24 de diciembre de 2005, fue Isaías Gallego, su hermano mayor. Y cada vez que alguien muere se escuchan salir de su boca unas palabras desalentadoras que dicen: “¡Ay Dios Mío ese es el que va a venir por mi!”.

El segundo domingo de mayo de 1995 a María Berta Gallego sus tres hijas le regalaron un vestido sastre para que luciera en la misa mensual que hacían en Corrientes. Esta eucaristía tenía un sentido muy especial, era el día de la madre.

Como todas las personas cuando estrenan, aunque algunas finjan lo contrario, caminó recta con su traje de paño a cuadros, botones dorados y remates bien cosidos.

Nunca antes había lucido algo así, y el hecho de que dos de sus hijas ahora vivieran en la ciudad le daba el derecho a vestir algo mejor y destellar como cualquiera de las señoras adineradas del corregimiento.

Ese día se tomó unos vinitos, le partieron una torta, almorzó pollo asado, recibió muchos regalos y se acostó a las 10:00 de la noche.

Cuando los gallos de la caza empezaron a cantar, sus hijas empezaron a empacar las maletas, tenían que regresar a Medellín y bastante era el trabajo que les esperaba. A las 8:00 de la mañana pidieron la bendición a su madre y tomaron el carro de escalera que hacia la línea hasta San Vicente.

Después de derramar algunas lagrimas María Berta limpió su traje nuevo, lo alisó con las manos, lo dobló y lo empacó con cuidado en una bolsa negra, con el único propósito de guardarlo limpiecito para que, cuando el día de su muerte llegue sus hijas tengan ropa bonita para velarla cinco días antes de enterrarla, y en los cuales podrán comprobar si esta vez si es “la pelona”, o si es la catalepsia que le está jugando otra mala pasada.

Lo único que a Berta se le olvidó es que para 1995 pesaba unos 60 kilos y que hoy a puertas del ocho de febrero de 2008, fecha en la que cumple 73 años, la báscula en la que se pesa desde hace mucho rato superó los 78 kilos.

Solo sabe que cuando llegue el día de su muerte sus hijas tendrán que arreglárselas para enterrarla con el traje a cuadros, botones dorados y remates bien cosidos que, en una mañana de 1995, fue sacado de una bolsa floreada y colorida.

Mientras tanto reza por el descanso de su alma.

domingo, 6 de enero de 2008

Lo que realmente soy frente a una escena en el mar

Aunque mi nombre contradiga mi posición, no soy una mujer de agua. Le temo a las profundidades y cuando estoy más allá de los límites alcanzables de la tierra puedo entrar en pánico, enloquecer y vivir de frente el ataque irracional de los misterios marinos.

Este blog, aunque nunca lo dije antes, recibe el nombre de ‘Escena en el mar’ en honor a una película de Takeshi Kitano en la que el director, además de dar paso a los relatos marinos mediante una estética admirable y gran profanidad artística, deja en evidencia la aventura, los silencios, los sueños, las esperanzas, el desden y los finales tristes e inesperados.

Eso es el mar, un territorio feliz e inesperado, un lugar inestable, seguro e inseguro, una plataforma para dar paso a la vida y a la muerte. El mar es el misterio de los barcos, los piratas, los bucaneros, las sirenas, los viajes, los aventureros.

Estas son algunas de mis imágenes recolectadas de lo que es una verdadera escena frente al mar.



El mar siempre tiene algo de misterio que produce temor y adicción. La fascinación por la gran masa de agua y sal es infinita y la deuda con las historias navales es constante ¡Oh mar! Lugar que guarda los deseos de viajar, de ver lo que no se puede ver y vivir tantas aventuras como son infinitos los peligros.